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Rosendo Tello, poeta

Rosendo Tello

poemas

YA PURO SUEÑO CONTEMPLADO

 


Luz de unos ojos tristes
que apenas vieron pasa en el silencio,
extinto el resplandor de astro remoto.
Divaga por un cielo
de sombra melodiosa
y templa acaso sienes anhelantes.
Callado estoy como debí de estarlo.
Tened el sentimiento de escucharme
cuando mi voz os llegue
por un tunel de ramos soñolientos. 


De Paréntesis de la llama. Col. “Poemas”, Zaragoza, 1975

 

FUNDACIÓN

 
 
Para saber de mí llegué a estas cimas.
Me reconozco en los demás y dentro
de mí me desconozco,
y tengo que llegar otra vez a mí mismo,
fundándome otra vez
para ir a ti de mí,
                    tú que me pides
lo que no puedo darte, acaso este vacío
de corazón, la mente dando vueltas
a una rueda que gira, 
que gira, gira y gira
sin mas objeto que espantar el sueño.
Palpo despacio y busco en las tinieblas
lo que he perdido y no puedo entregarte:
un corazón tan sólo que te alumbre.
Para encontrarte a ti vine a Oroelia
subiendo la montaña.
                          Simplemente:
subiendo la montaña


 
De Libro de las fundaciones. Ed. “El Bardo”, Barcelona, 1972.
HACIA LA LUZ DEL ALBA


 


ARRIBA, más arriba, más allá de las brasas
que el viento apaga al fondote las peladas cárcavas,
más allá de los árboles templados como espadas,
marcharás algún día hacia la luz del alba.
Cuando el día se duerme y la noche no acaba,
cuando despierta el bosque los susurros que ladran,
por un sendero oscuro hacia la luz del alba.
Cuando el clamor del río zumba en música helada,
cuando el silencio es polvo de sol, ceniza blanca,
cantando con el viento hacia la luz del alba.
Por las rutas que tejen cañadas solitarias,
por las sendas dormidas que van a la montaña,
cantando río arriba hacia la luz del alba.
Para subir al bosque por gradas encantadas,
para llegar del mundo al fondo de tu alma,
limpio de polvo ciego hacia la luz del alba.
La noche se ha encendido, la tierra está callada,
de los labios del cierzo vienen voces lejanas,
la cumbre se adormece mientras cantando bajas
alto, desnudo y libre hasta la luz del alba. 


De Baladas a dos cuerdas. Ed. “San Jorge” de Poesía, Zaragoza, 1979

 

QUÉ SERÁ DE ESTAS PÁGINAS

 



¿Qué será de estas páginas
cuando el viento se apague y el silencio
en polvillo animado flote sobre sus trazos
inverosímiles?

Manecillas solares
y un ruido de sonajas
mientras desciende el dios.

Letras, armas, indiferencia, crímenes
ceremoniales lúgubres,
delirios, jarras órficas
de lívidos humores y el grito del halcón
entre los cortinajes de la alcoba
cuando más libre el sueño alzó su claro vuelo.
Los días del rencor y de las lágrimas,
los lances del amor, sus panes ácimos.

Si no sintieron vivo el arrebato
de aquella edad ni sorprendió la llama
de su íntima pasión abierta al vuelo
de su locura maniatada y ciega,
¿qué será de estas páginas?

Templos cayeron, se aplacaron ríos,
cesaron los halcones de volar
sobre el terrado con banderas rojas.
¿Qué impulso les rozó en abatimiento?

Manecillas solares
y un ruido de sonajas
mientras desciende el dios.





Sopló un atardecer la piel del lago
y a su soplo divinos nos creímos.
Oráculos, conjuros de pasión.
Pájaros iracundos
de medianoche
y el dios que llega, enfermedad sagrada.


“Siento que vivo en el ocaso
de un mundo.”

Cuando miro en tus ojos
un jardincillo en sombras como un don del otoño
y el fuego prematuro de invierno nos recoge
tras sus umbrales,
¿qué será de estos trazos
inverosímiles? 


De Meditaciones de medianoche. Ed. Olifante, Zaragoza. 1982

 

XIV

 


El marino sonríe cuando le hablan de dioses
y escupe sobre el polvo con grave indiferencia.
Se vuelve atrás y mira, con mirada cansada,
un mar inexistente. Para aplacar al otro
enciende su tabaco contra el atardecer
y entra en su casa altivo, desnudo como un dios.
¿Cómo hablarle de dioses? Si el mar aún llama fuera,
lo sabe por la brasa que deja la ceniza
en las planchas de acero. Y por eso sonríe
abriendo la ventana frente a la luna blanca
y su sombra en la noche se fortalece en sombra.
Se oye un trote lejano de cascos en el viento
y un sollozo de ninfas sobre los arenales
donde el mar centellea.


De Caverna del sentido. Dirección Provincial del Ministerio 
de Educación y Ciencia,  Zaragoza, 1992

 

LO QUE CONTARON LOS AMANTES 

 



LA senda oscura de los cazadores
que venían de allá, de más allá del sol,
por el aire sangrante de las flores,
a la luz de la tarde, por los altos del mar.
No te detengas cuando caiga el sol
y entra en el alba libre y sin memoria
como en el sobresalto de las rosas
que madrugan al beso de la noche.
Aquellos que se fueron volverán,
aquellos que entendieron la lengua de las bestias
colmadas en la noche no morirán jamás.
Días grandes con alas sin cadenas,
en campos palpitantes de heliotropos
a la luz de la luna, bajo la luna llena. 
Fuego en la noche impura de los páramos
y fuego en los ollares de las fieras que gimen
frente a las calcinadas osamentas.
Oro en las cabelleras de los faunos,
dardos en las cinturas de regias bailarinas,
el sueño de la diosa, sueño de los amantes.
Esto es lo que contaron los amantes
que venían de allá, de más allá del sol.


De Más allá de la fábula. Ed. Fenice,  Madrid, 1998

 

ELEJÍA LEJANA



Maduraron ya todos los trigales
y se aprestó el verano en su hamaca de mimbre.
En todas las esquinas suenan tubos de niebla
y cantan animales por las blancas almenas de la nieve.
Pero él ya no está. Se ha ido y no se oye más que el sol
cabrilleando en el agua. Podríamos recordar
su manera de hablar con los frutales,
la inflexión poderosa de su voz,
aquel mover los brazos contra el fondo del río.
Algún término suyo, como aquellos que dieron
templanza a su locura: corazón o campana, 
y si apuráis un poco: árbol, doncella o niño.
Podríamos sentir el roce delicado de sus manos
en los tallos ligeros. Su vida ya es el patio azul de luna
en que cantan los pájaros. Pero él ya no está,
y no se oye más que un diente de león
que lleva y trae el aire hacia ningún lugar.
Florecen los almendros, brillan los rastrojales
           bajo nieblas ardientes
y se ha escondido el sol con los aires de marzo.
En el mes más hermoso de un viejo calendario.
Quizás sea el momento de recordarlo libre como fue,
de tenerlo presente para que no regrese
por donde se marchó, por el reguero en sombra
           de nuestros ojos húmedos.
Al país de su infancia, donde grabó una frase
legendaria en la piedra, como en la puerta
                     arrinconada y ciega
de su ciudad querida: Intus ego. Yo, dentro.


De Confesiones en vísperas de domingo. 
Edición Homenaje al Autor. Zaragoza, 1996

 

 

 

II                    (El apareciente)

Los cuerpos se desnudan en la luz y aparecen.
Y en ese aparecer de distancias cerradas,
levitar se podría como un bulto invisible,
brillando bajo el sol. Soy el vivo retrato
de un ausente que vela con los ojos abiertos.
Así, un cuerpo de agua que salta de su fuente
y, al impulso del aire, cabrillea o se ofusca
o estremece los ojos de sus contempladores.
Tengo frescor de lumbre, color de intimidad,
alma resplandeciente en transparencia azul.
Nadie me ve en figura, pero yo veo el mundo
a través del lejano paisaje que reflejo,
de las palabras mudas que pronuncio,
de los ojos oscuros que se doran al verme.
Si alguien bebe de mí, bebe mi sombra, aspira
el olor de mi alma, ve dormido en el aire,
a través del purísimo silencio de la música,
al muerto sonriente que aparece en la luz.

De Consagración al alba. Lola Editorial, Zaragoza, 2004
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