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José Verón Gormaz, narrador, fotógrafo y poeta

José Verón Gormaz

poemas

LLUVIA OSCURA DEL ALMA

 

Quien olvida su historia vive en sombra.
En la ciudad sin nombre,
la noche se extendía y el tiempo se escapaba.
Sentía el despertar del bosque urbano
en las perdidas calles solitarias,
solo,
habitante de tanta perdición.

Unos pasos, mis pasos, le hablaban al silencio.
Sentía el despertar, lo disfrutaba,
como el náufrago que vuelve de los sueños
y ni recuerda ni quiere recordar.

Sentía el despertar de lo nocturno,
de aquello inexpresable y siempre urgente,
de las calles mojadas, con reflejos, con huellas
efímeras y leves como el aire.

Los pasos, sin memoria, se extravían.

Heridas por la luz las calles, solas,
reflejaban la noche y las palabras.

Indolentes, innúmeros, oscuros,
los caminos soñaban un camino.

Invocación silvestre

 

¡Oh viejo Lug, oh dioses del Moncayo,
que celebráis los rubores de la primavera
con la humedad de las últimas nieves!
¡Acordaos de mí!
Permitid que mis epigramas sean fluidos
como los vientos de las cumbres,
ácidos como las refrescantes acederas,
humildes como el brezo,
bellos como los árboles del valle.
Haced que sean fértiles,
´      que broten sin cesar
que salten y que vivan,
y que al faltar su dueño,
cuando la noche de las noches llegue hasta mí,
perduren, hablen, digan,
que existan más allá de las horas
y que sean por siempre
un remanso de fuego y de palabras.
Lamento de Ariadna

 


Amad la voz,
la frágil voz que a descender se atreve,
la osada melodía que esparce la belleza
sobre turbas de esclavos sin destino y sin rostro,
que imparte bendiciones sobre el llanto y la nada,
que siembra de promesas imposibles
el crudo exilio y el crujir de dientes.

Amad la voz que dulcemente se alza
contra el maligno brillo de la usura
y el esplendor de sus iluminados,
la hermosa voz que clama en el desierto
y con sonora brisa refresca el viento ardiente.

Amad la voz, 
aunque agonice el canto.
Canto para un hombre solo

 

La puerta se ha cerrado detrás de las ausencias.
En vano buscas, solo, un aire conocido.
Dolientes dudas brotan de tu memoria herida
y esparcen en la estancia su hedor de soledad.

Al fin, como empujado
por un brusco deseo,
abres la puerta, súbito.

Y comprendes de golpe, con amarga certeza,
que, aunque mil veces abras, la puerta estará siempre
cerrada para ti.

Hacia el poema

Si aprecias el valor de la palabra,
si sientes el valor de su sonido
y sopla en tu razón su contenido,
busca una llave que el poema te abra.

¡Disfruta el surco que el poeta labra,
como si compartieras el latido
de un corazón sediento, mas herido
para que el muro se abra y se reabra!

Abre tu entendimiento a esa belleza,
al recio encanto de la noche fría,
a la calma ritual y a la fiereza

de quien despierta y por soñar porfía,
del verso humilde que, alzando la cabeza,
construye con su voz la poesía.
Húmedos recuerdos

 

Bajo una lluvia de cristal sonoro,
nostálgico y feliz he caminado;
he sentido llover y he recordado
aquella vieja paz que tanto añoro.

Volvió a latir en mí la edad de oro
de la infancia, traída del pasado
por ese olor a limpio y a mojado
donde guardan los campos su tesoro.

Cansados de soñar y siempre cuerdos,
mis pasos tiernamente se posaron
en las preciosas brumas de la calma.

No sé si fue la lluvia, o los recuerdos;
pero aún creo sentir que me dejaron
calado el corazón, mojada el alma.

 

MEMORIAS
 
1 - La llama y la sombra

Oigo pasar el viento 
en las frías estepas de la noche. 
Nadie llama a mi puerta. 
Sin palabras, 
las horas han venido a despedirse.

 
2 - Retórica del llanto
Lágrimas…
Humildes se deslizan,
como húmedos poemas que no acaban.
Siempre buscan el último verso
sin saber que no existe.

 
3 - El extraño

Algo antiguo le habla de su historia.
Algo nuevo miraba hacia el olvido.
Se buscaba en las horas
y encontraba ceniza.
Nunca envidió el retorno,
aunque amaba el abismo
que las llamas de ayer iluminaron.
Jamás quiso volver,
ni despertarse.

 

Invocación ante un papel en blanco

Quiero asomarme al mundo
y al tiempo en el que vivo de prestado,
y hallo cerradas todas las ventanas.
Y, sin embargo, estoy en este día,
en este alucinado transcurrir,
en un lugar con nombre y apellidos
 camino del camino y de la ausencia,
perdido o encontrado
en un tiempo confuso que es el mío
sin ser mi propiedad.
En él invoco ahora a la palabra.
En él invoco siempre a la palabra
que a ciencia cierta no sabe qué nombrar,
si la sombra, que entre la luz se oculta,
o el abismo interior,
		la maldad o el trabajo,
					el amor o el enigma,
o quizá el estallido de la alegría breve
que la fiesta y sus ritos nos proponen.

Invoco a la palabra para ver tras la niebla,
para buscar los senderos del conocimiento,
para mirar sin ver la oscura imagen
oculta tras el oro
			 y sus ídolos crueles,
para sentir que hay mundos que agonizan
sin que la lluvia arrastre a sus demonios,
para apagar las luces del poder
y no escuchar sus cantos de sirena,
para quebrar la espada del tirano,
para huir de la orgullosa cúspide,
para ser un poeta que habita la penumbra.

Invoco a la palabra para sentir el tiempo.
Invoco a la palabra para nombrar la realidad
que tantas, tantas veces desconozco.
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