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Manuel Vilas, narrador y poeta

Manuel Vilas

poemas

MACDONALD´S 


 

Estoy en el MacDonald´s de la Plaza de España de Zaragoza, 
haciendo la cola gigantesca, 
con los ojos clavados en los carteles de los precios, 
el dinero justo en la mano derecha, 

billetes arrugados.

Estoy ahora en el piso subterráneo, arriba fue imposible. 
Estoy sentado al lado de un niño negro que tiene en su mano 
una patata amarilla untada de ketchup muy rojo:
Santísima bandera del otro mundo, el niño negro que resplandece,  
mi hermano ciego.
El niño está solo, no bebe, 
no le llega para la Cocacola, sólo patatas. 
Sólo patatas, sólo patatas, esa desgracia, 
esa soledad idéntica a la mía, 
¿no lo entiendes?, sólo le llega para las patatas, 
y está sentado, quieto,
en su trono, la negritud y el niño, 
en el trono, allá, allá, en ese trono radiante.

MacDonald´s siempre está lleno. 
Es el mejor restaurante de Zaragoza, 
una alegría despedazada nos despedaza el corazón:
Por tres euros te llenan de cajas, de vasos de plástico, de bolsas, 
de pajitas, de bandejas. 
Es el mejor restaurante del mundo. 
                                       Es un restaurante comunista. 
Rumanos, negros, chilenos, polacos, cubanos, yo mismo, 
aquí estamos, abajo, al lado de un muñeco, 
al lado de un cartel que dice "I´m lovin´ it". 
                                       Tengo una bota encima de un charco 
de un helado de nata deshecho. Miro la nata comerse el tacón de mi bota. 
Una nata blanca, despedazada. 
Arde el sol sin tiempo, bulle la mano sucia.

A mi lado, una niña de veinte años le dice a un tío de diecisiete
que no le importaría hacérselo con él. Con él, con él, un eco negro.
                                        Y ríen y tragan patatas fritas. 
Y yo trago patatas fritas. 
Y dos maricas están enfrente comiéndose 
                                        la misma hamburguesa goteante, 
cada boca en un extremo, y se manchan y 
                                        se muerden. 
Y tragan patatas fritas. Y se besan. Y se tocan. 
                                        Y se despedazan.

En Londres, en París, en Buenos Aires, 
en Moscú, en Tokio,
en Ciudad del Cabo, en Tucson, en Praga, 
en Pekín, en Gijón,
somos millones, la tarde harapienta, 
el dolor en el cerebro, la comida,
millones en miles de subterráneos esparcidos 
por la gran tierra de los hombres.

Estoy en paz aquí con todo: barata la carne, barata la vida, 
                                        baratas las patatas. 
Me siento Lenin. Soy Lenin, el marica inusitado, 
el gran hereje, el loco supremo,
el hijo de la última mano miserable que tocó 
el monstruoso corazón del cielo.
Si Lenin volviera, MacDonald´s sería el sitio, 
el palacio sin luna, 
el gueto de las reuniones clandestinas. 

Algo importante está sucediendo 
en este subterráneo del MacDonald´s 
de la Plaza de España de Zaragoza, 
                                       pero no sé qué es. 
                                       No lo sé.
De un momento a otro, vamos a arañar la felicidad: 
el niño negro, los novios, el muñeco, la nata del suelo, mis botas. 
Botas nuevas, de piel brillante, con la punta afilada en señal de muerte.
                                    En MacDonald´s, allí, allí estamos. 
Carne abundante por tres euros. 
 MUJERES
  
 
 
 No las ves que están agotadas, que no se tienen en pie, que son ellas las que sostienen
 cualquier ciudad, todas las ciudades. Con el matrimonio, con la maternidad, con la
 viudedad, con los golpes, ellas cargan con este mundo, con este sábado por la noche donde
 ríen un poco frente a un vaso de vino blanco y unas olivas. Cargan con maridos
 infumables, con novios intratables, con padres en coma, con hijos suspendidos. Fuman más
 que los hombres. Tienen cánceres de pulmón, enferman, y tienen que estar guapas. Se
 ponen cremas, son una tiranía las cremas. Perfumes y medias y bragas finas y peinados y
 maquillaje y zapatos que torturan. Pero envejecen. No dejan las mujeres tras de sí nada,
 hijos, como mucho, hijos que no se acuerdan de sus madres. Nadie se acuerda de las
 mujeres. La verdad es que no sabemos nada de ellas. Las veo a veces en las calles, en las
 tiendas, sonriendo. Esperan a sus hijos a la salida del colegio. Trabajan en todas partes.
 Amas de casa encerradas en cocinas que dan a patios de luces. Sonríen las mujeres, como
 si la vida fuese buena. En muchos países las lapidan. En otros las violan. En el nuestro las
 maltratan hasta morir. Trabajan fuera de casa, y trabajan en casa, y trabajan en las
 pescaderías o en las fábricas o en las panaderías o en los bares o en los bingos. No sabemos
 en qué piensan cuando mueren a manos de los hombres.
HU-4091-L



                                             
Adiós, hermano mío, la grúa fúnebre te conduce 
al infierno del desguace. 
Majestuoso, vas hacia  la destrucción subido 
en una grúa roja, 
como si fueses Luis XVI camino de la guillotina,
y yo detrás. 
Pareces un rey. 
Soy el único que ha venido a tu entierro. 

Te he querido. 
Rezo por ti un padrenuestro y un avemaría.
Rezo por ti y me conmuevo.
Eras el mejor. 
Y lo que vivimos juntos, y las ciudades que pisamos,
y las carreteras secundarias y los pueblos 
y los mares que vimos,
y los párquings subterráneos y los túneles helados
de las carreteras de montaña, con afiladas  
estalactitas a la entrada, 
amenazando nuestra milagrosa inocencia,
y los mendigos en las avenidas, 
		pidiendo en los semáforos en rojo,
y lo que nos amamos en la oscuridad de las autopistas,
fundidos en un solo ser: confundida tu carne con mi chapa.

Me salvaste de la lluvia ácida y de la nieve sin ángeles. 
Con tu aire acondicionado, que está intacto 
después de doce años, impediste 
que me quemara vivo en los veranos españoles. 
Ese aire frío que me subía por la pierna, ay. 
Y eras blanco, 
porque la santidad y el amor industrial y la velocidad son blancos. 
Y cómo me gustaba tocarte las marchas, 
y cómo te ponía la quinta, eh, y qué caña te metías, 
narciso, que eras un narciso. 



Y ahora todo ha acabado. 

Doscientos sesenta y ocho mil kilómetros hemos estado juntos. 
Fuimos felices. 
Fuimos grandes y definitivos.
Te doy un beso delante del chatarrero 
y de un negro 
que lleva un chorreante radiador en una mano. 
Te he amado más que a mis amantes, 
más que a mi perro; 
casi tanto, pero no tanto, eh, como al dinero. 

Bueno, no te enfades, 
tú también fuiste dinero, 
y aún lo eres, 
y yo también soy dinero. 

Perdona que te humille haciendo recaer 
sobre tu hermosa tapicería, 
sobre tus ruedas, manguitos 
y válvulas que han gloriosamente ardido, 
la miseria de España: 
el plan Prever, 400 euros sociales 
(¿os molesta que hable de dinero o de tan poco dinero?),
para la clase media, 
que ama la limosna. 

Tú, que fuiste mi libertad, que me llevaste cerca del paraíso; 
tú, que me hablabas por las noches y me decías 
“hermano, qué bien conduces; hermano, 
eres el mejor de los hombres”.
NO QUIEREN IRSE


Hay mucha gente que no quiere morir:
Mick Jagger, Madonna, Isabel II, Bill Gates.

No quieren morir porque su vida es plena,
vertiginosa y fascinante,
y la muerte es una humillación.

Barack Obama, Fidel Castro, Clint Eastwood,
Lady Gaga, Paris-Hilton, Robert Redford,
Gabriel García Márquez,
no quieren morir.

Sin embargo, morirán.

Steven Spielberg, Brad Pitt, Mario Vargas Llosa,
George Bush, Paul Auster, Carlos Slim, Joanne Rowling,
tampoco quieren morir.

No aceptarán el hecho de su desaparición:
furia, se pondrán furiosos.
La furia de los niños contra las estrictas tinieblas.

Angelina Jolie, Keith Richards, Antonio Banderas,
Sharon Stone, Bill Clinton, Tom Cruise,
morirán, un día lo anunciará la televisión:
ha fallecido en su casa de....

Bob Dylan, José María Aznar, Scarlet Johanson,
Hillary Clinton, Nicolas Sarkozy, Tony Blair,
Plácido Domingo, Naomi Campbell, Al Pacino
se morirán también, os lo aseguro.

Os lo juro por lo más sagrado: se morirán.

Decidles, si os apetece,
que la muerte no es el final,
por decir algo.

Tanto dinero sin gastar, tantas casas, tantos viajes,
tantos yates surcando los dorados océanos,
tantas joyas, tantas leyendas,
tantas islas en las que tomar el sol desnudo
y hablarles a los loros, a los pelícanos y a los ángeles,
tantas cenas, tanta ropa de marca sin usar,
tantos momentos de éxito, de orgullo y de poder,
tantos momentos radiantes,
que habrán de quedarse en este mundo.

Decidles, si os apetece
--y porque en el fondo somos compasivos-
que se abrirán los palacios celestiales para recibirlos,
que les espera una brillante posteridad,
una página de oro escrita
en la historia de la humanidad.
AMOR

 

Una mañana Manuel Vilas sacó todo su dinero de los bancos.

Fue a las cajas de ahorro, fue a las compañías de seguros,
vendió su coche, anuló su plan de pensiones,
se lo llevó todo en efectivo, un buen fajo de billetes calientes.

Qué bien, dijo, qué fuerte,
y todos los empleados y los directores querían disuadirle
pero Vilas tenía unas ganas infinitas de pasarlo bien.

Y luego se fue a ver enfermos,
a ver emigrantes, incluso se fue a las cárceles.

Quería ser un santo espectacular, tenía esa marcha,
tenía esa gran ilusión.
Quería ser Cristo, Lenin, San Pablo,
quería ir más allá del orden, de la naturaleza y de la vida.

Recorrió la ciudad de Zaragoza repartiendo dinero.
En Conde de Aranda, dio mil euros a tres árabes,
que le besaron los pies, y las manos, y se arrodillaron.

En el barrio de Delicias, en la calle Barcelona,
dio trescientos euros a una negra africana,
y ella quería comerle el sexo al buen Vilas,
pero Vilas dijo “no, nena, hoy soy un santo,
hoy soy San Vilas,
consérvate para tu marido, él te necesita,
y yo os bendigo; anda, nena, ve en paz”.

Y Vilas se echó a reír.

Fuego, qué fuego más grande,
y siguió repartiendo, a una vieja china
de un todo cien le dio seiscientos euros,
y la vieja le hizo una foto de diez millones de megapisels
y la amplió y la enmarco y la colgó
en mitad de su tienda con dos velas debajo.
A un vendedor de La Farola, ese periódico
de los pobres, le dio ochocientos euros.
Y el vendedor se echó a llorar y ardía
como una vela en mitad de las catedrales antiguas.

Vilas quería ser un santo, tenía esa marcha.

Toda la mañana y toda la tarde estuvo quemando su dinero.

Miró la atmósfera y se estaban abriendo los palacios celestiales.

Estaba enamorado de sus semejantes.

Nunca vimos a nadie tan enamorado.
LA ESPAÑA DE LA TRANSICIÓN

 

El rey Juan Carlos I está algo hinchado,
y algo sordo, no oye a los periodistas.
Fue el dueño de un rato largo de la Historia.
Y ahora habla con los muertos mucho rato,
con su padre, a quien ya ha vuelto a ver en sus sueños.

El ex-presidente Adolfo Suárez
se convirtió en el hombre invisible.
Murió su esposa, se entristeció para siempre,
y envejece en un lugar desconocido.
No recuerda nada porque nada hay que recordar.

El escritor Camilo José Cela se murió
como muere la gente corriente.
Parecía inmortal y eterno, pero no lo era.
Su viuda aparece muy de tarde en tarde
en la prensa española, pero ya nadie la recuerda.

El ex-presidente Felipe González
se divorció y se fue con una más joven.
Sale de vez en cuando en las televisiones.
Parece un hombre bueno,
pero solo es un hombre envejeciendo.
Da consejos y opina de economía y de mercados.

La ex-miss del universo Amparo Muñoz
se disolvió tristemente
en un piso de Málaga.
Dijeron que era una drogadicta y que por sus venas
corría la España de los años setenta.

El actor Fernando Fernán Gómez
se murió de la misma forma
que Camilo José Cela.
Cuando murió,
murió una forma de ser español.

El gran Santiago Carrillo, el último comunista,
se morirá un día de estos,
tal vez ya esté muerto ahora mismo.
Resiste, porque el comunismo latió en su corazón
como una santa campana de penicilina.

La gente se muere o está apunto de morirse.
Se murieron poetas a quienes ya nadie lee
como Gerardo Diego y novelistas oscuros
como Torrente Ballester; y Gerardo y Torrente
parecen ahora mismo el mismo muerto,
el mismo fiambre, gemelos españoles.

El juez Baltasar Garzón ha engordado
y está envejeciendo.
Persigue a los fantasmas que no persiguieron
aquellos que ya también se volvieron fantasmas.
Fantasmas que no persiguieron
a otros fantasmas más antiguos,
porque entre los fantasmas la antigüedad
en el cargo se llama Historia de España.

Me dan pena los muertos españoles.
Oh, sí, qué pena dan los muertos españoles.

¿No te parece?, hermano mío, mi compatriota.
LOS NADADORES NOCTURNOS


Voy a nadar al gimnasio, sí, prácticamente todos los días.
Bajo el agua parece que el fracaso no existe.

Miro a los otros nadadores de las otras calles de la gran piscina.

Nos miramos vagamente; las gafas de bucear impiden
ver el color de los ojos, ver los rostros torturados.

Nadamos y nadamos como fantasmas hasta las once de la noche,
cuando cierra el gimnasio.

Es obvio que no tenemos dónde ir.

Luego nos vemos en las duchas, desnudos.

Somos cinco o seis.

El encargado nos conoce.

Somos siempre los mismos, a veces falla alguno.

No nos hablamos.

Si falla alguno, pensamos con alegría que se ha atrevido,
que al fin alguno de nosotros lo ha hecho,
que se ha levantado la tapa de los sesos,
hasta que al día siguiente reaparece.

Nos hace ilusión pensar que ya quedamos menos.

Sabemos perfectamente por qué nadamos por la noche.

Hay un bar de copas al lado del gimnasio.

Ninguno de los nadadores nocturnos
quiere llegar a casa a las once y media.

No hay gimnasio con piscina
que abra hasta las seis de la madrugada.

En el bar nos encontramos, no nos hablamos.

Conocemos nuestros rostros, el color de nuestros bañadores,
el modelo de gafas, buenas y caras gafas siempre,
Adidas de competición rojas o azules,
la fuerza en la brazada, el estilo del crol
de cada uno de nosotros, los nadadores nocturnos.

Bebemos en ese bar, regentado por chinos casi muertos,
después de haber nadado hasta el agotamiento.

Bebemos y nadamos, esa es nuestra vida,
pero jamás, nunca jamás nos dirigimos la palabra,
es un pacto, un raro pacto entre samuráis hundidos.

Si alguno de nosotros necesita algo,
solo le prestaremos
el estilete más afilado de España.

La muerte nos gusta, por eso nadamos y nadamos
hasta que el gimnasio cierra y nos echan,
con los brazos convertidos en acero, músculos
tan atormentados, tan desesperados
como los planetas sin nombre,
dando tumbos en la estúpida oscuridad del universo.

Siempre estamos esperando
que alguno no venga nunca más,
pero resistimos como hijos de perra,
todo un misterio de los nadadores nocturnos.
974310439


Quien me trajo al mundo se ha ido hoy del mundo.
Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí.

Lo mal que la traté y lo mal que nos tratamos,
aun queriéndonos tanto; y lo poco que supiste de mi vida
en los últimos tiempos, ocultándote lo mal que me iba
en mi matrimonio y en todas partes
y tú sabiéndolo, porque, al fin, todo lo sabías,
me veías beber esos licores fuertes, 
me veías esa sed tan rara, esa sed tan desconocida para ti,
que tanto te asustaba y tanto temías.

Ya nadie me llamará, tan obsesivamente, para saber 
si estoy vivo y a quién le importará si estoy vivo o muerto;
yo te lo diré: a nadie. 

De modo que el gran secreto era éste:
ya estoy completamente desamparado, 
arrodillado 
para la decapitación, 
para el anhelado adiós de este cuerpo,
de esta existencia meramente social y vecinal que lleva mi nombre, 
nuestro nombre.

No volveré a ver nunca 
tu número de teléfono en la pantalla
de mi teléfono móvil; tú, que te quejabas de que no tenías uno,
de que yo no te regalara uno,
te juro que no hubieras sabido hacerlo funcionar, 
lo habrías tirado por la ventana,
como yo haré con el mío esta noche del supremo delirio.

Porque eras un número de teléfono, cincuenta años 
en ese número encerrados: nueve siete cuatro, treinta y uno, 
cero, cuatro, tres, nueve.
Márcalo ahora, 
márcalo si tienes valor y te contestarán
todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada, 
la ira roja 
de los peores huracanes celestiales,
la árida y blanca nada convertida 
en una mano negra.

Daba igual dónde estuviera: podía estar en América o en Oriente,
tú llamabas, tú llamabas a tu hijo siempre
porque yo era Dios para ti, un Dios fuera de la ley, 
poderoso y sagrado, lo único real y suficiente,
siempre tu hijo fuera de todo orden, siempre reinando,
porque todo cuanto yo hacía e hice recibió tu larga aprobación,
cuya moralidad no es de este mundo. 

Sabedlo.

Tú, que me amabas hasta la desesperación.
Tú, que derramaste sangre por mí y por mi discutible y oscura vida,
llena de liturgias cuyo sentido tú desconocías,
y hacías bien, pues nada había que conocer, como finalmente
he acabado sabiendo, 
igualado en ese conocimiento 
al más sabio de los hombres.

Y ahora, otra vez camino del Crematorio, 
como ya escribí en un poema con ese título, 
en el que hablaba de tu marido, mi padre,
a quien también quemamos, 
unos mil grados alcanzan esos hornos.

Mi gran padre, del que tú te enamoraste -- vete a saber por qué--
en mil novecientos cincuenta y nueve,
y a quién demonios le importa ya sino a mí, 
el que siempre os quiso tanto y os querrá hasta el último minuto del mundo.

Te di un beso en la santa frente helada 
un domingo
por la mañana 
de un veinticuatro de mayo del año dos mil catorce,
lloviendo, 
en una primavera inesperadamente fría, 
mientras una máquina sofisticada introducía tu caja barata
 –mira que somos pobres-- en el fuego final, 
al que mi hermano y yo 
te condujimos.

Sentí tu frente antigua y acabada en mis labios
antiguos y acabados, 
pero aun conscientes los míos;
los tuyos, 
venturosamente, no.

Nunca pensé que el sentimiento final fuera este: 
la envidia que me diste, la codicia de tu muerte, 
codiciando tu muerte,
porque me dejabas aquí,
completamente solo 
por primera vez 
en nuestra larga historia de amor, 
y solo para siempre.

Y recuerdo ahora a todas aquellas mujeres 
que querían acostarse conmigo, 
hacer el amor conmigo,
y eso acabó siendo mi vida,
cuando yo solo quería 
estar contigo para siempre.

Vaya, mamá, no sabía que te quería tanto.
Tú sí que lo sabías, porque siempre lo supiste todo.

Qué bien que todo haya acabado, 
en una culpable tarde de primavera 
en donde comienza el mundo,
en donde para ti acaba el mundo,
en donde para mí ni acaba ni comienza 
sino que persiste involuntariamente.

Qué bien este silencio omnipotente, aquí, en Barbastro,
donde fuimos madre e hijo, por los siglos de los siglos.

Aquí, en Barbastro, en ese sitio tan nuestro,
tan escuetamente nuestro: todo ocurrió aquí, en estas calles.

Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré.

Te amo, finalmente.

Como no he amado a nadie: todas fueron tu réplica.

Ah, se me olvidaba: podías haber dejado algo 
para pagar tu entierro, 
no sabes lo mal que me va y lo pobre que soy,
mira que fuiste manirrota y derrochadora, 
y lo que vale 
el ataúd más económico,
como dicen ellos, los caballeros dulces de la funeraria.

Mira que fuimos pobres y desgraciados tú y yo,
ma mère, en esta España de grandes hijosdeputa enriquecidos
hasta la abominación.
Y aun así, pobres como ratas tú y yo,
mantuvimos el tipo, 
como dos enamorados.

Qué bien. Qué hermoso. Cuánto te quiero 
o te quise, ya no sé, y a quién le importa,
desde luego no a la Historia de España,
nuestro país, si es que sabías cómo se llamaba
la solemne nada histórica en que vivimos papá, tú y yo.
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