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Miguel Ángel Yusta, escritor y poeta

Miguel Ángel Yusta

poemas

 

Te contemplo mirándote en silencio

cada tarde, bañada en el crepúsculo.

Los ojos bajos y tus manos blancas

entrelazadas en el vientre claro.

Tus manos

corren las cortinillas de los días

monótonos y lánguidos

irremediablemente consumidos.

Ellas que dibujaban

deseadas caricias

y custodiaban besos y palabras.

Ellas, ayer palomas mensajeras

aleteando amantes en las tardes

junto a la orilla de mi lago en calma.

Tus manos, siempre en ademán sereno,

hechas caricias en cabellos rubios

mientras con delicada inteligencia

fabricabas futuras ilusiones.

Esas manos que en medio de la noche

desnudaban mi cuerpo en un instante

y esculpían mi sexo estremecido...

Manos limpias y cálidas,

amaban, se batían, se dolían

y libraban combates

en el terrible y duro cotidiano

hasta que un día, puede que cansadas,

se declararon muertas,

quizás asesinadas por el tiempo.

Entonces ya no fueron más tus manos

y ni siquiera fuiste tú la misma..

 

En el amanecer de aquellos días

en que la vida se vistió de otoño

tus manos fueron nada, sólo nada.
A J.A.Labordeta

Una boca en silencio

y la mirada baja y asustada.
Mientras, el frío miedo hacía estragos
en los cuerpos inmóviles.
El hambre degollaba
la sonrisa imposible de los niños
y convertía en máscara el rostro de los hombres.
Ellos fueron los héroes
que aguantaron la bota del tirano
que sofocó palomas por decenios
densos , inacabables,
para que tú, por fin, en estos días
(y no lo olvides nunca)
puedas gritar, sin miedo: ¡Libertad!
Chimeneas de París

 

Las chimeneas de París se parecen a órganos de humo.

Se yerguen sobre los tejados musgosos, con su gorrito de chino pobre.

Aparecen en grupos, numerosos, juntas, paralelas, hermanadas.

¿Se contarán los chismes de las cocinas?

Siempre me ha intrigado su procedencia

y su manera de trepar por los muros de los viejos, eternos inmuebles

tan antiguos que ya han visto dos guerras mundiales

y alguna más...

(Espero que no vean la tercera y no por caerse de viejos).

Me gustan esas casas con escaleras de madera,

corredores de madera.

Antes de la última reforma tenían váteres en los pasillos,

colectivos,

porteras malhumoradas

como las que inmortalizara aquel Autant-Lara

en su arriesgada Travesía de París

con Bourvil, Gavin y los nazis.

Las chimeneas se tranquilizaron cuando llegaron los americanos

con sus botas de goma.

No podían dormir, acostumbradas al tacón de clavos de los nazis.

A las patrullas de los nazis.

A los gatos que huían de los nazis.

Ahora es el tráfico quien las desvela

y se enmohecen

y algunas mueren abatidas por el viento o por la edad.

Su hueco queda en el muro con una marca negra,

epitafio de la chimenea,

epitafio de un París que yo amé mucho.

 

Miro las chimeneas y se me ahoga el alma en nostalgia.

 

 

Hoy contemplaba una antigua postal
en una exposición retrospectiva:
finales años veinte del siglo de las guerras,
París, Place de l´Ópera y el Café de La Paix.
Paisaje en blanco y negro.
Lapso entre dos tragedias
que causaron dolor inacabable.
Se veía feliz a gente confiada
pasear por los grandes bulevares.
Tal vez en el Garnier moría Floría Tosca.
o Lohengrín descubría su nombre
a la imprudente Elsa.
Los pequeños sonreían felices
en el sigilo de la foto gris.
Ignoraban que unos años más tarde
morirían empuñando las armas
en honor de los hombres que siempre ganan guerras
sobreviviendo al martirio que infligen.
Berlín, Varsovia, Dresde, Budapest,
adoradas ciudades, Viena, Roma,
o mi amado París de viernes trece.
Vieja Europa, otra vez atormentada,
no dejes que los hombres te destruyan de nuevo
en nombre de banderas, dioses, odios y patrias.
El viejo


Se escapa de la muerte cada día ese viejo
y atraviesa despacio la calle donde vivo.
Lo miro lentamente: 
me parece yo mismo dentro de muchos años.
O mañana quizás.
Su mirada de niño, pregunta sin palabras,
guarda tal vez el lastre de secretos
nunca jamás contados.
Sus manos agrietadas que un día acariciaron
pieles suaves, teclados de notas luminosas, 
se aferran hoy a esquinas con pulso tembloroso.
Los pies que caminaron por difíciles sendas
en tiempos de amargura
o portaron alegres ilusiones
recorren los caminos de barrios recordados, 
abandonados a su lento paso.

La agonía del tiempo quiere ser implacable 
con él y con nosotros.
Pero no se da cuenta, mientras busca los cuerpos,
de que la luz perenne del amor
nos enfrenta incansables cada instante a la muerte
WINTERREISE   (Otro final)

 
De mi viaje no puedo
elegir la hora de partida,
tengo que encontrar el camino yo mismo
en esta oscuridad. 

Winterreise (Viaje de invierno) (Wilhelm Müller -Franz Schubert)



Escucha con el alma la canción 
que te abraza, viajero,
en el desierto invierno de tu voz,
pasajera del tiempo que arrasa los paisajes.
Escúchala al comienzo de la noche,
aquietados los pasos,
cuando hiele tus lágrimas
el recuerdo añorante bajo el tilo.

Amanece en la senda donde llegas cansado,
tan huérfano de aquella que tú amabas.
Y de pronto las notas 
brotan bellas como flores fragantes
en una primavera inesperada.
Tal vez fue, y ya no es, 
como antaño el amor, pero qué importa
si a la gloria te lleva el padecer.

Peregrino del viento:
aleja tu tristeza en el ocaso
cuando cantes la última canción.
Deja que en las orillas de la duda,
entre el sol y la muerte,
aquel organillero solitario
-a quien ya nadie escucha-
renueve de esperanza tu camino.
GLORIA GRAHAME EN EL CINE DE MI BARRIO

Admirábamos a las mujeres hermosas, vivíamos aventuras inverosímiles
cabalgando en sueños de viejo blanco y negro en aquellas salas de cine
oscuras y malolientes, de sesión continua y acomodadores malhumorados.

Nos escapábamos de la clase de religión
y de la de formación del espíritu nacional.
Merecía la pena.
Yo abría más los ojos cuando aparecía Gloria Grahame.
Era tan misteriosa que jamás me atrajo tanto ninguna otra mujer.
Podían ser más bellas, pero no tenían el encanto de Gloria,
con sus labios pequeños y ese aire de mujer fatal.
Cuando salía, se llenada la pantalla con su boca y sus ojos
profundos y llenos de misterio.
El bocadillo de pan y mortadela quedaba abandonado sobre mis rodillas.

Se paraba el tiempo
y Gloria me llevaba al país de los sueños posibles
e imaginaba una noche con ella sobre mis rodillas de adolescente.
Entonces se me caía el bocadillo, entero,
qué importaba comer, si Gloria Grahame estaba conmigo...

 

MI DICIEMBRE

Está lleno diciembre de ausencias.
Acomete la bruma
como galope de corcel herido.
Trae acaso nostalgia de unas manos
huérfanas de caricias.
En los ojos, ungidos de tristeza,
se ha instalado la sombra
de otras miradas que fueron ayer.
En esta soledad de recuerdos
se aposenta la noche del invierno:
deja huellas de pétalos marchitos,
de pisadas sin nombre,
de risas y miradas que murieron
hace ya demasiadas nochebuenas...
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