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La poesía en Aragón – Textos comunicaciones y ponencias –

Julio del Pino MoralesFilosofía y hermetismo en la poesía de Fernando Ferrer

Buenos días a todos. En primer lugar agradezco la invitación a estas jornadas sobre poesía aragonesa, que aprovecharé para hablar del poeta Fernando Ferreró. A Fernando Ferreró muchos lo conoceréis, y bastantes más puede que no. Suele suceder que con las asociaciones de poetas en grupos y generaciones, terminen unos haciendo sombra a otros. El grupo de poetas del café Niké no es excepción, porque no termina en los hermanos Labordeta, Julio Antonio Gómez y Rosendo Tello. Fernando Ferreró es uno de los menos atendidos y estudiados de ese grupo de artistas zaragozanos. No es un poeta con una vida agitada y novelesca que dé para escribir una biografía o que contribuya a mitificar su obra. Ferreró más bien ha tenido una vida apaciguada, discreta y trabajadora. Pero su fuerza y su grandeza residen en su obra, porque más que poeta, se puede decir que Ferreró es un filósofo que ha escrito en verso.

Debería empezar señalando las distintas directrices que han determinado el ser poético de Ferreró, pero siempre he defendido la exclusiva relevancia del texto que integra la obra de un escritor, en contienda con el tiempo, considerando todo aparato crítico que lo envuelva una bagatela de suposiciones más o menos acertadas. Por eso, más allá de lo que ahora vaya a exponer, recomiendo la lectura de su poesía.

Al haber conocido personalmente a Fernando Ferreró sí considero posible afirmar con seguridad un par de cosas. El hecho de quedar impresionado desde muy joven por la fuerza creadora de la poesía gracias a Bécquer es una certeza. El hecho de tener un carácter de naturaleza reflexiva, analítica y melancólica le inclinó, ciertamente, a estudiar Filosofía y Letras. Y el hecho de descubrir en su etapa de estudiante al poeta Eugenio Montale, encontrando una especial afinidad en sus versos, le daría sus primeras líneas maestras. Esta convergencia de circunstancias forjaría a Fernando Ferreró.

En otros trabajos he comentado que su poesía se ha ganado a pulso el adjetivo de «ferreriana» porque se deslinda de las grandes corrientes líricas con las que convivió, y se alzó sola, individual y auténtica entre una masa de autores españoles que no habló de lo que él ha hablado ni en la forma en que él lo ha hecho. Si en los años 50 pervivía una poesía social, comprometida, denunciadora de la situación de muchos españoles, Fernando Ferreró la consideraría insuficiente, existiendo medios más activos, directos y eficaces para combatir injusticias y cambiar la realidad. No comenzó escribiendo poesía social, pero tampoco siguió las tendencias posteriores, novísimas y más o menos frívolas de los 70 y los 80. Fernando Ferreró buscó referentes en otros lugares y otros tiempos, desde una posición muy presente y consciente, y taladrada por una inquietud fundamental e inherente al hombre que piensa y cuestiona: ¿qué es esto? ¿qué es este mundo, tan extraño y controvertido, en el que me encuentro? ¿lo puedo llegar a conocer? Y en responder a esto ha terminado empeñando toda su carrera poética.

¿Con qué se equipó Ferreró para llevar a cabo esta tarea solitaria y personal? Bien, aquí es donde entran esas suposiciones que en el fondo y casi siempre son prescindibles, al lado de la pertinencia del texto del autor en sí mismo, pero que no dejan de aportar cierta apariencia de solidez o fundamentación. Estudió y comentó con sus compañeros de Salamanca a Baltasar Gracián, por ejemplo, y esa idea gracianesca de la contundencia de lo conciso, con todo su trasfondo barroco conceptista, se percibe en su obra, sobre todo la de los años 80 y la de los años 2000. Por otra parte, el estilo del movimiento hermético de los poetas italianos del xx, que descubriría en una estancia universitaria en Perugia a partir de sus lecturas de Eugenio Montale, también se reconoce: desde la visión que este autor tenía de la poesía como un medio directo de conocimiento de un mundo que en realidad se origina en el individuo, hasta el uso de ciertas imágenes como el mar o el huerto. De Unggaretti y de Quasimodo también es posible que haya absorbido la brevedad, el minimalismo y el rigor de la palabra tan conscientemente seleccionada. Aunque el tono intelectual y conceptista también lo bebe de Jorge Guillén; ciertas atmósferas que proceden de Machado, o alguna que otra afinidad con Pedro Salinas (como esa frente sin caminos hacia el alma, o el uso del heptasílabo por rechazo al tan tradicional octosílabo). Forman todas un conjunto de influencias que casan bien entre sí, y que puede comprobar un cambio de fondo y forma en Ferreró, una maduración, desde sus obras más tempranas en su época de estudiante (ingenuas, idealistas, incluso formalistas).

Ferreró rechazará así temas como el del amor, que merece más vivirse que escribirse en su opinión, para abordar lo que de verdad le inquieta y le importa: conocer el mundo. Esta reflexión se le extenderá en el tiempo pasando por varias fases.

En primer lugar, Fernando Ferreró se situará frente al objeto mundo que pretende abarcar y llegar a conocer. Desde el comienzo, el mundo se le antoja extraño, complejo y de difícil acceso ontológico. No obstante, sus primeros poemarios sí destilan jovialidad e ingenuidad, en comparación con sus obras posteriores, que tienden a un cierto canto y alabanza de la vida, el mundo y, sobre todo, la poesía. Pero entre sus dos primeros poemarios, compuestos allá a finales de la década del 50, y sus siguientes libros, discurren dos largas décadas de silencio poético, o al menos dos largas décadas sin hacer público nada de lo que escribió. Su regreso, a comienzos de los años 80, trajo consigo la refundición (De la cuestión y el gesto) de sus dos primeros libros. Esta vuelta supuso una consiguiente etapa prolífica en escritura y publicación, pero su poesía regresaba con un cariz distinto, un tono reinventado. Libros como La densidad implícita o El paisaje continuo mostraban ahora composiciones mucho más compactas, tanto en la forma como en el fondo, y de una complejidad semántica abrumadora, mostrando una pluralidad y un hermetismo semánticos, como el siguiente poema:

 

Permanecer del ser.

Llueve inclinado.

Si emite su alfabeto,

se recibe la víspera.

 

Ruina total comprende.

Epílogo al pero

aspecto posible.

 

Otros versos comienzan a referir el proceso de una creación poética mucho más consciente y elaborada.

 

El acto cero:

el ámbito propicio.

 

Fase previa:

elementos.

 

Total factible:

documento lírico.

 

*

 

Una tabla sostiene

papel. Exagerada-

mente se busca

lo esencial y no hay nada

sin oficio inmediato.

El ámbito y el hombre

que trata de escribir.

¿Qué trata

de escribir?

Lo escueto.

Bajo la luz

del techo.

 

 

Probablemente, en su fuero interno, Fernando Ferreró pasara a una fase de su tentativa ontológica en la que estaba reflejando en sus versos cuanto hasta entonces había descubierto en su objeto de estudio: el mundo no tiene un solo sentido, no tiene una sola lectura, y es más complejo y multiforme de lo que uno pueda llegar a imaginar. Así es como el poeta habla de, por resumirlo en una frase, esa «densidad implícita» en  «la esponjosa circunstancia que se tiende lúcida», concluyendo al fin que:

 

Sumamente confuso

es este mundo;

yo creo que no puedo

entenderlo.

 

Por otra parte, el hecho de intensificar el grado de autoconciencia sobre el proceso creativo en sí mismo durante aquellos años, llevaría al poeta a percatarse que no sólo la complejidad del mundo derivaba del obstáculo de su pluralidad significativa. Esta misma pluralidad de lecturas, de sentidos, de visiones, proviene siempre del propio sujeto; no radica en el objeto observado. Así, el sentido de la vista, la visión, comenzaría también el autor a comprenderla implicada en este asunto, a integrarla en la estructura temática de sus poemas, de la misma manera que también lo haría el lenguaje en sí mismo como herramienta que se interpone entre el sujeto y el objeto, es más,  entre el sujeto y sus propios pensamientos. José Antonio Rey del Corral diría de Ferreró que es un «poeta de la mirada». Y no sólo porque se trate de un autor que observe la realidad para inquirirla, sino porque ha sido capaz de asumir la mirada como un proceso creador más, cargada y teñida de restos de sujeto: emociones, sentimientos, temores, experiencias, todo eso que Ferreró dice que constituye el «conocimiento poético», un concepto del que habló en su tiempo Jacques Maritain. El conocimiento poético es una de las razones que determinan la elección de la poesía como medio para filosofar por parte de Ferreró, ante cualquier prosa de ideas —que corre riesgo de caer en la frialdad, el distanciamiento y el dogmatismo—, al tener en cuenta todas las realidades que integran al pensador, y por tanto ser más fiel a la perspectiva humana. La mirada, la «influencia del ojo líquido», como decía, termina cargando lo observado con la propia historia del sujeto, que se proyecta sobre la realidad, creando sobre ella una realidad nueva, más rica y más humana, que es la que termina cristalizando con legitimidad autónoma en los versos del poema. Secuencias y escenarios, junto quizá a Revisión prospectiva, es uno de los libros que más pone de relieve la mirada.

 

El mundo se estructura

entre lo inerte y lo animado.

Y, al fin, todo se anima en el contacto

si, como espía, lo contemplas.

 

Y aquí es donde entra en juego ese otro obstáculo en el intento de conocer el mundo de forma directa: el lenguaje, «donde son relativas / todas las cosas», y que, «debidamente impreso, / es leído en la escuela». Un lenguaje que, aunque sostiene la realidad creada por el poeta, no es en absoluto inocente. El principal poemario que trabaja el lenguaje de forma más consciente, y en clave muchas veces metalingüística, sería Variaciones sobre un contexto inestable.

 

La palabra gloriosa

oculta su valor:

engaña su equilibrio.

Nos hace ver más grande

lo que es igual.

Se acomoda al deseo.

 

Pero lo más importante de esta entrega es que podemos encontrar una de sus cumbres poéticas, donde un simple poema de dos versos es capaz de demostrar con impactante rotundidad la autonomía del lenguaje poético.

 

Este poema está encerrado

en sí mismo.

 

No obstante, más allá de cualquier tentativa metadiscursiva, metanarrativa o meta-lo-que-sea, tan apenas espera un callejón deconstruido, sin salida y de poca fertilidad. De hecho, comienzo a considerar este micropoema como el mayor punto de inflexión tanto en la carrera poética del autor como de su transcurso reflexivo e intelectual, porque después de esa pequeña gran cima, parece no quedar lugar ya sino para la revisión y la ponderación del pasado. Tras Variaciones sobre un contexto inestable aparecerán dos obras que, por lo depurado de su tono, lo exquisito de su estilo y lo suave, apaciguado y casi dulce de sus temas, podrían considerarse hermanos. Memoria y Cadencia, dos títulos muy elocuentes, y que dan lo que prometen: el mejor sabor que Ferreró ha sabido destilar en sus versos. Memoria es la primera parada del autor en la que echa la vista atrás, donde regresan sus atmósferas marítimas y climas veraniegos, un acento en ocasiones de finitud, de tarea completada, atemperando unas imágenes que propician la evocación del recuerdo, e incluso propician la metaforización del propio acto de recordar.

 

Las antiguas figuras,

en la actual circunstancia,

navegan por los ojos

y los fruncidos párpados.

Una cuerda pulsada

por el brazo tendido

resuena en la memoria

como una desbocada música.

 

Cadencia, por su parte, y siguiendo la línea retrospectiva de Memoria, añade un cariz de aceptación, aunque la palabra que más me resulta adecuada, sabiendo que a Fernando Ferreró no le agrada mucho, es resignación. Y se trata además de una resignación bastante unamuniana, pero no angustiosa, sino pacífica. Es el gran término al que el poeta ha llegado tras una larga odisea ontológica de la realidad, y la falta de conclusiones fuertes, de certezas convincentes, es lo que hace que hable en este volumen de cosas como «la celebración del fracaso», sin del todo darse por vencido:

 

Se abre la oscuridad que te persigue

y vas, desorientado, buscando la caverna

de la definición que te permita

el hallazgo.

Sabes que todo tiene

su verdad convertida

en un acto inicial del intelecto.

¿Será tuya la suerte

de ordenar lo intangible?

¿Encontrarás la incuestionable

razón en que te ocupas?

 

Pero por otra parte, Ferreró invita a vivir la presencia propia en la realidad, vivir la vida cotidiana de forma pacífica, sin dejar, no obstante y después de tanto tiempo, de asombrarse y extrañarse ante el mundo.

 

Lecho revuelto

cerca de la ventana.

Paisaje: el cuarto,

tejados extendidos

y tapias que destellan

al sol de la mañana.

Al tender el espíritu

sobre la realidad contigua

entramos en la esencia

de la vida.

 

Por que qué queda si, tras todo este trabajo de años y años de reflexión y escritura, no se logra el cometido de conocer directamente el mundo en que enrrarecidamente uno se descubre siendo, puesto que «no hay un programa de existencia». Pues queda, al fin y al cabo, lo que de verdad importa: «vivir plácidamente, / si es que te lo permite el destino, / y gozar del interno espejismo / que alientas».

 

En este punto es donde se puede reconocer la naturaleza filosófica de la obra poética de Fernando Ferreró, de un carácter ontológico al que el poeta ha sabido encontrarle la forma más adecuada en un hermetismo formal más hermético que los propios poetas italianos que le inspiraron. Y si esta forma es la que mejor le cuadra a sus versos es por su capacidad de reflejar en su lectura tanto el elevado tono intelectual desde el que ha trabajado siempre Ferreró, como la esencia que destila el fondo de sus poemas: la complejidad de alcanzar un conocimiento directo y objetivo del objeto mundo, sabido ya imposible sin la influencia de filtros lingüísticos y emocionales, en definitiva: del propio filtro que es el hombre en sí mismo.

Logos Parnaso 2.0