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Pablo Lópiz, profesor y poeta

Pablo Lópiz

poemas

Noli me tangere

 

 


Azul cromado el coche azul bujía el cielo,
la madrugada mercurio en la carretera de agosto. Partiste sin ver el sol.
Y me persigue ahora tu ausencia a través de versos extraños,
en ajadas costumbres, rituales paganos.
Como una noria el vinilo como en los días de feria
que no volverán, no es círculo es espiral —Texas radio and the big beat—,
criatura de herrero, de yunque y llama: no hubo asesinato, no habrá redención,
no eternal reward, no más eternidad que el presente, yéndose, ya ido,
desperdiciado azul bujía, el amanecer, azul cromado mis ojos al verte marchar.

Pertenezco a la especie...

 

 


Pertenezco a la especie de los niños enfermos. Por eso practico los trucos con 
que aumentar la calidez y hacer que las horas sucedan propicias. Se trata sin duda de 
una cuestión tan sólo de estilo, de tonos apenas insinuados que liberan un reclamo 
conforme la inconsistencia desbroza ya otros territorios, rayos de simplicidad en el 
ánimo. Un vestir distintivo, un cierto peinado, una forma determinada de caminar, de 
atravesar el espacio, como Moisés, obligándolo a abrirse. Cada cual carga con un pueblo 
perseguido. En todo latido se funda un reino inclinado. Pero ya se desquitan los crueles 
ejércitos. Y no habrá más rescate que el que conceda la astucia. He entrenado para la 
ocasión unos pasos de baile, unas cuantas palabras densas como los gestos del samurái, 
y la mirada incendiaria. He afilado el puñal. Esta vez no me hallarán desprevenido.
La soledad de los dingos

 

 

No reconstruiremos el territorio ni seremos los nuevos pobladores que irrigan la ciudad 
tras el gran saqueo. Mas preservamos ya lo esencial. Bajo la sombra floreciente de la 
tarde, cuando el rayo final recae pálido sobre la vida despojada y el cansancio se 
acumula en el rostro, aún dibujamos manada. En la noche ensamblamos el pulular 
sediento.

 

La sonrisa de Jenny

 

 


Qué hacer sino odiar al Dios de los dichosos y seguir la bandera negra de los vencidos. 
Qué sino transitar el mar encrespado y saltar sobre la noche alambrada hasta divisar tu 
rara sonrisa. Qué desear sino la furia del bombardeo y el olor a pólvora y las cenizas de 
un mundo que se disgrega tras el incendio. Qué amar sino a ti, Jenny, mientras ordenas 
que ruede la cabeza del enemigo.

 

Lo inverosímil

 
                                                                           A Julia

 

Celebrar que floreces en la distancia: no lo que eres sino la verdad simple y rocosa de 
que seas, inaprehendido aliento, ramaje que al viento cimbrea. Inclinado sobre tu cuerpo 
desvanecido, en la transición fallida, me alcanza el conocimiento insólito, el saber que 
sólo las lindes conmueven. Desde allí repites la exhortación, enseñas la vulnerabilidad 
festiva.

 

Tras el incendio milenarista

 

 

Yo, que bailé la danza negra del vodka y giré contra padres y funcionarios, 
erizo en áspero silencio para vosotros mi canto, hijos de la insidia y la desgana, 
incapaces de la libertad altiva que ya es sólo tacto y afecto, sonrisa inocente, infundado 
[júbilo. 	
Desde el borde inaprensible de la noche disuelta huís ahora hacia la vida conforme
como quien regresa del sueño negado. Recordad que fuisteis trastorno y destello,
serpenteo absurdo, despunte áureo. Recordad que hubo otro tiempo y otro espacio.
Se os cierra definitivamente acaso la puerta a la brisa, a la insistencia de los licores 
[almidonados. 
Os conmemoraré salvajes como al levante contra la estatua que se finge estatua de 
[Trajano.
Eximidos una vez más del Sur, última patria, origen de todo exilio, volvéis 
al movimiento gélido y a la lectura aprendida en dicción terrible, al orden viejo.
Olvidáis las risas acuosas, las fotografías dislocadas, las canciones a gritos.
Firmo aquí y ahora vuestra acta de defunción, vuestro extravío, vuestro fracaso.
Pero qué es la vida sino este indefinido escribir sobre folios ya sepia, inútilmente 
[esperaros, 
ser en la mañana roja profesor insomne y artificiero, enseñar lo imposible, ser 
[traicionado.

 

Tikal


 

 

La vegetación crece entre las ruinas.
Húmeda como la noche la selva avanza.
El jaguar espera oculto en las sombras.
Sus ojos son dos soles oscuros. Miran
la eternidad en este instante detenido.
Dios salvaje, sus ojos devoran el mundo.

Niña desorientada 

 

 


Recordarás tu espalda
crujiendo entre mis brazos,
el olor cuando tus labios
se acercaban a mi mejilla,
el desgranarse lento
de alguna conversación
inútil, el querido nombre
de Barthes, su concepto
de idiorrythmia, mi mano
posada sobre tu vientre
haciendo crecer en él
el fantasma de otra vida.
Ya no alcanzaré a leerte
Rayuela, ni dormitaremos
en el sofá entre películas
de acción y aventuras.
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