Parnaso 2.0 Logo
Gabriel Sopeña, poeta, profesor, ensayista y músico

Gabriel Sopeña

poemas

 

LISBOA

 

 
Lisboa era brisa de Alfama y de mar,
mar como lanzada de sal sin secar.
Lisboa era el mundo, Lisboa era luz,
Lisboa era mía, Lisboa eras tú.

Lisboa era un puerto donde yo atraqué,
Lisboa era un sueño dentro del cuartel
que tus labios dulces supieron romper.
Lisboa te amaba, como yo te amé.

Derramando besos llegué hasta el final, 
donde las palabras no quieren hablar.
Me serví otro trago, y otro trago más:
Lisboa era el paso hacia la eternidad.

Lisboa pedía el poema mejor,
la mirada más tierna, flores, la voz,
la sangre más joven de mi corazón.
Lisboa era el tiempo, Lisboa era yo.

Lisboa de barcos, turquesa y hollín;
Lisboa y tu pecho, Lisboa y carmín. 
Lisboa era un verso, Lisboa era el sol,
Lisboa no tenía herida. Y lloró.

Lisboa fue lluvia, tabaco y canción;
Lisboa fue como un desgarro de ron
que prendió en la almohada cuando amaneció.
Lisboa gritaba cuando dije adiós.

Lisboa me grita veinte años después,
la voz más amarga, más dura que ayer.
Lisboa me cuenta que te abandoné
y Lisboa te ama,
como yo te amé.



De La Noche del Becerro, 1995

 

NUNCA HE DESPERTADO JUNTO A TI





He reventado en arneses que suplican corazón,
fui pescador en las redes de una mar embravecida.
Me he camuflado en poemas de raíces y de rocas.
Amanecí en los caudales de un torrente sentenciado.

¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin...!;
pero nunca he despertado junto a ti.

He conversado en corales que han crecido sobre alcohol,
he sostenido algún cuerpo listo para arder entero,
comí fruta en el paraíso, fui la arena en los relojes,
quemé mis naves y el fuego ha bloqueado mi timón.

¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin...!;
pero nunca he despertado junto a ti.

He sido espada en la guerra, me he convertido en canción.
He sido cuerda en el arpa, me he convertido en palabra.
He sido el agua en los ojos, me he convertido en tristeza.
He sido espuma en el cielo, me he convertido en tormenta.

¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin...!;
pero nunca he despertado junto a ti.

He aprendido despacio los mil nombres de la furia
y vendí todos mis pasos a los puntos cardinales.
He hipotecado mi tiempo por una rueca de azares,
hilvanando un verso duro como acero en las pupilas.

¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin...!;
pero nunca he despertado junto a ti.

Te he deseado en harapos, has puesto sitio a mi carne;
te soñé un millón de veces tibia de alba, enfurecida.
He aplacado ternuras encontrando tu mirada,
te he abrazado tan dulcemente en horas de naufragio.

Y he sofocado mi anhelo con las lenguas que aprendí;
pero nunca he despertado junto a ti.

¡Y he amado tantas cosas que anuncian que llega el fin...!;
pero nunca he despertado junto a ti.



De La Noche del Becerro, Olifante, 1995.

 

 

 

 

Hago una ofrenda en tu nombre. De mercurio y de jacinto, hago una ofrenda por 
ti. Con mi músculo inservible, con mis palabras trabadas, con los sueños que 
inmolé durante mi aprendizaje duro, con este dolor de brasa, con la ilusión que 
empleé siendo estudiante de ritos, con la aridez del disturbio que me arrojó a 
los desiertos, con las canciones que alzaron mi alma de jengibre y nata hasta tu 
escabel de besos. Hago una ofrenda mejor que la coqueta costa del Líbano, más 
tierna que los membrillos que se añoran en Basora, más cruel que la  sangre seca 
que persiste  en  la argamasa del Muro de Salomón, más efectiva que Isaac, lasciva 
como el bostezo del Nilo contra el ábrego fogoso, virtuosa como los hibiscos rojos 
brillando al sol en la China. Hago una  ofrenda de Norte, de guerra y de humedad, 
de cedro; hago una ofrenda de Sur, enteca para ignorar, fina cual sabiduría; hago 
una ofrenda del Este, reverberando en faroles de amaneceres inmensos; hago una 
ofrenda de Oeste, para demostrarle al día la consistencia del fin. Ofrendo sin más 
testigo que este corazón amante que moriría por ti; ofrendo calmadamente, zalema 
sincera y leal. Tu nombre guía mi mano, como la del matarife. Tu nombre es mío. 
Mío, mío, mío: tan mío como la nada, tan mío como lo inviable, mío como los 
recuerdos, tan mío como lo ajeno. Amor, luna de mi alba, esposa, hermana dulce, 
amante fiel, delirio moreno de mi hombría, tesoro de la compasión que imploro: 
hago una ofrenda en tu nombre. Ven a mi aflicción y líbrame.

 

 

 

 

Ya no merezco el amor, amada, raso de perlas, brocal de esta sed. Ya no 
merezco el  amor. Yo he pecado contra ti, contra mis Santos Maestros, contra 
la hermosura enorme de mi atroz aprendizaje; y contra todos los hombres, y 
contra todos los ángeles, y contra la Palabra que arde ante el Altar de las 
Almas, contra el vegetal, la piedra, el animal, los planetas. Te he llevado 
al límite construyendo el andamiaje de un futuro escuálido. He reventado el 
esquife de la nave que construimos, he arruinado este armazón que navegó hasta 
la Atlántida, he sido cobarde y ruin: hice naufragar mi tabla, abandonando al 
albur de una marea de farsas la Única Joya del Mundo. Ya no merezco el amor, soy  
la infamia, la abyección, verecundia de los bravos que han peleado conmigo. He 
mancillado tu nombre descuidando mi trabajo sobre la santa alquitara de la 
constancia, vertiéndome en probetas sucias de cristal grosero y necio. Soy la 
bravata en el juicio, la rabia del moribundo, una bahía esquilmada. Esta es La Ley, 
este El Precio: el jeroglífico de tu ansia aún no ha sido descifrado, las 
condiciones del pacto siguen intactas y claras, marcadas a fuego vivo sobre mi 
lengua manchada. Si he de viajar de rodillas para robarle a la Luna su azul 
secreto de escarcha, hágase tu voluntad. Si he de colocar azufre, arsénico 
puro y brasas en la cuna de un Dios nonato, hágase tu voluntad. Si aún no estoy 
maldito, sea: voy a enherbolar mi lanza para arrojarme a la brega, como lo hice 
cuando aún era ignorante de amarguras. Mis cicatrices rielando sobre océanos de 
páginas nunca podrán describir la extensión de esta agonía. Me descubro cada 
noche suplicando despertar encelado en el abrazo que tu ternura hace eterno. No 
hay consuelo, hermanamía, si te imagino rendida a la dulce algarabía  de un lecho 
ajeno y lejano; no hallo calma, esposa, amante, en la angustiosa distancia. Ya no 
merezco el amor, sin derecho te deseo. Te deseo, sumergido en esta soledad oscura 
cual costero de carbón; y te deseo apresado en este coselete de humo; y te deseo 
confiado en el credo del silencio: arrebatado en mi desértica asfixia te deseo, 
me ahogo sin tus madrugadas. Libera esta anemia de albas con la efusión de tu carne. 


De El Cantar de los destierros, Prames, 2000.

 

LOS PERSAS

 



Ocurrió en una ocasión:
El persa copó Oriente entero y se lanzó hacia las olas
para colmarse de oeste y vigilar su codicia.
El olivo de Atenea erizó su corona
ante el antiguo rugido que venía del mar;
y, mientras la duda hendía la corriente del Eurotas,
un velar aliento asiático se adueñó de las espumas.

Falange atenta, los barcos firmes
con la tensión de los remos castigando a los tendones.
Y sin tregua ni descanso, entre sospecha y rencores,
grecas trenzadas de hombres labraron sangre en la brecha
para salir de aquel trance. Sólo duró cuatro asaltos.
Es una historia sabida.
Sucedió hace tanto tiempo...

Al diablo tus alabanzas por mi explicación en verso
y tu confianza necia, inflamada de soberbia:

Yo ya diviso de nuevo a los persas.



De Buen tiempo para el deshielo, Lola Editorial, 2003.

 

EL PIANO DEL ABUELO WENCES


 

 

DE NIÑO, en la Casa del Salto del Agua
-mi Casablanca natal, de Pignatelli-
recuerdo al abuelo Wences arrancando
notas de aquel piano alemán desarbolado.

(Uno, recuperado de la iglesia
de no sé qué pueblo, arrasado por Los Rojos).

Sonaba ronco, atrás, desafinado;
pero un poco nada más, una minucia,
apenas una pulgada en su desfase,
un suspiro de trampa en cada acorde,
un minúsculo engaño, día tras día.

Año tras año. 

Lo justo para hacerme creer
que era mi guitarra la traidora.

Desde entonces, todas las mañanas,
necesito escuchar algo afinado
para poder olvidar
el piano del abuelo Wences
y poner los pies en tierra.




De Máquina fósil, Olifante 2011.

LA CENA DE LAS CENIZAS

 

 



Vine a tu pedestal y era de noche,
flagelada por un extraño tiempo; y ruido
vomitado por infames altavoces
-preñados de compresión mp4,
saturados hasta el límite-
mezclando una bazofia de contrastes:
el éxito de moda del momento
-I don´t even know his last name-
y mandolinas ultra lounge
para consumo ambiental.

Vine a tu pedestal. Piazza dei Fiori,
cuyo cutis se agrietaba con alcohol
y tensaba la humillación de gringas tiernas
-simple guarnición para consumo
de la perrera estudiantil borracha-,
tratando de competir, desesperadas,
–ofuscadas, monolingües y tan fáciles -
con la seductora ciencia de las ragazzas romanas,
cuyo deseo es pedernal, rango de ley. Y hay que pelearlo.
Dos carabinieri. Una ambulancia. El Caos pactado.
En la noche de La Loba,
la imperturbable denuncia de tus ojos,
mirando eternamente al Vaticano,
hacía menguar mi sombra
proyectada por los lucernarios de la plaza
hacia el medio de La Nada.
Apenas amanecía;
y creí ver tu pira cruel de nuevo ardiendo
allí mismo, donde te quemaron vivo;
y al Fuego, la Bestia Antigua,
hecho carne en el desdén
de aquella muchedumbre
ignorándote.
Llegué a tu pedestal, cené cenizas
sintiéndote emplazado como un celador de piedra.
Y colmé mi corazón de peregrino,
y te entregué mi ofrenda fiel de suplicante,
y recé en mi pensamiento versos nuevos
e hice votos de escribir estas palabras,
en medio de la jauría que, excitada,
ladraba cada vez más ebria
en una Roma ensimismada de su orgullo.

Llegué a Piazza dei Fiori.
Me sentí solo.

Solo y sitiado
bajo tus dominicos pies,
Giordano Bruno.



De Máquina fósil, Olifante 2011.


			

 

MEMORIA PASSIONIS.

 

 

Creía que el torrente arrebatado a los Mil Nombres del Alba sería descubierto por tu boca, igual que un pétalo abierto sobre el tapete del mundo. El error me sorprendió con latidos de mordaza a horcajadas sobre un viaje fracasado ya en su cierne: tu lecho chirriando en sueños, mi sangre rota de pena… “Puede que no sea el fin, pero, en cualquier caso, duele”. Soy semilla de tormentas, ahogado en tanta Verdad. (La campana de un torreón que se desploma, el bastón apuntalando una rodilla quebrada por la edad y su temblor). No me reproches que aún te ame, pues tu Libertad es densa, del órgano de un abismo creándose en espiral; y todo tacto es inútil, arruinado en la tortura del impacto de la Carne. Mi canción va a ser enorme, rotunda y fácil: por siempre un Delta. Creciendo. Inédito, 2012.

Logos Parnaso 2.0