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Mariano Anós, dramaturgo y poeta

Mariano Anós

poemas

 

Los poemas seleccionados pertenecen al cuaderno titulado
Monte (Valle de Tena), que forma parte del libro Del 
natural (Los libros del señor James, Zaragoza 2015)
 



En la falda del monte, de mañana, 
se oye llorar a un niño. De repente, 
el ameno verdor de la ladera 
entrechoca murmullos y colores, 
desdibuja, destempla, desmemoria 
la espesa ligereza de su aliento, 
burlándose del ojo y del oído 
que soñaban fijar algún instante 
como color o como son del monte, 
como cifra o verdad de su quimera. 
La cima, poderosa, pensativa, 
lenta, ajena a la edad y sorda al llanto 
¿envidiará tal vez, por un momento, 
la frágil inquietud de la hojarasca, 
su condición expuesta a la mudanza?
Cuando se siente amenazado, el monte
no esconde la cabeza: la enarbola,
aleonado, retador. Sacude
los parvos matorrales con que apenas
abriga su atalaya pedregosa
y jura defender su apartamiento
de cualquier inquietud sujeta al tiempo.
Los dioses, maliciosos, cuchichean
a sus espaldas y de buena gana
consienten sus bravatas. Niño monte.
¿Será su soledad la que lloraba?

 

 

 

A ciertas horas, bajo ciertas luces, 
el monte no se deja llamar monte. 
Se encoge, se dilata, se entrevela, 
se hace telón pintado o, al contrario, 
se viene encima pedregoso, fiero. 
Saber común: el monte nunca es monte 
sino en la estrecha cárcel del lenguaje 
que apenas de sí mismo se alimenta, 
entre envidia y terror de la certeza 
que nombra monte su ceguera última, 
el dibujo más cruel del horizonte, 
la esclavitud mortal de la conciencia. 
O bien, por el contrario, la fantástica 
nostalgia de un perdido estupor mudo 
que reclamase un eco del silencio. 
Sea cual sea la plegaria al monte, 
o es parca o excesiva. La justicia 
no le concierne. Sólo está, se yergue.
Sin dios y sin ser dios y despatriado.
Oculto en su evidencia. Memorioso. 
Custodio de saberes ya inservibles, 
melancólico, escéptico, el coloso 
aterra a quien de sí mismo se aterra, 
alienta a quien no atiende a su enseñanza, 
calma a quien no ambiciona sus favores.

 

 

 

Sobre el azul violento del verano,
remolona, sin prisa, sostenida
en su temblor, la nube se desliza 
rozando apenas la pelada cumbre, 
redimiendo la seca omnipotencia 
que la aflige. La roca, agradecida, 
muda algunos matices innombrables 
de pardos, verdes, grises azulados,
su guarnición usual, entreverada
de algún destello de pasadas nieves. 
Satisfecha, la nube, sabia en luces, 
danza una lenta, alegre despedida.
Cumbre y nube acompasan su leyenda,
concelebran su esquiva intimidad
y acuerdan confiar en que los vientos,
las humedades, las temperaturas
o cualesquiera azares atmosféricos
les permitan volver a acariciarse,
suaves, fugaces, disponibles, fieles.
La novedad sin fin es su costumbre.
No necesitan traducir sus tiempos, 
tan dispares al ojo atareado. 
Ningún deseo ya: saben ser otras 
sin otro triunfo que el haber pasado. 
No hay pérdida, no hay miedo, no hay espera. 
Sobra toda ansiedad o toda culpa 
por no estar ya, si alguna vez se estuvo.

 

 

 

No refleja ni al monte ni al viajero. 
Ensimismado en su pereza, el lago 
consiente sin lamento ni ufanía 
el tributo que cede a la vacada 
sedienta de su espléndida frescura.
Lenguas nombrando el agua, modulando 
la mentida lisura al ojo atento,
desenmascaran el espejo, siembran 
desorden, pliegue, variación, discurso.
Su materia es el sueño de los montes 
cuya erguida aridez lo encierra o salva. 
¿Tanta paz no será rebelde orgullo? 
Bajo su capa de llaneza amable 
se sospecha un rencor, una amenaza 
al rocoso bastión de su existencia. 
Monstruo del lago pues el lago mismo, 
será el sueño peor del peor monte, 
inmóvil ya de puro sobresalto, 
en vela eterna por temor al sueño. 
¿Y si no fuese así, si fuese cierta 
la superficie límpida que ofrece, 
promesa lisonjera de un reposo 
que a sus guardianes brinda, transmutando 
la penosa erosión de cada día 
en un dormir o bienmorir sin fondo?
Lugar de nadie, luz de un tiempo oscuro
suspendido en el filo de la ausencia,
en el fondo de un lago siempre hay muertos 
cantando. Silencioso, el monte escucha.

 

 

 

¿Qué cantas, flor, escándalo del verde?
No hay inocencia en el verdor. Parece 
que luces o distancias salvan, funden 
en campos de color tanta violencia. 
Pero en verdad todo es dibujo, marca, 
seca incisión de tallos, ramas, hojas, 
cuando no, predadoras, las raíces 
desgarrando, empujando, atropellando 
cuanto se oponga a su poder salvaje, 
ya sea tierra o piedra o aire o vida. 
Y, sin embargo o por lo mismo, hay calma. 
La tragedia del verde, compartida, 
procura luz, convoca a la alegría. 
Alguien escribe y borra lo que falta.
Gracias, engaños, trucos, ilusiones 
del ojo, del cerebro, del idioma, 
del arte, del amor, de todo cuanto 
nos permite mirar serenamente 
la oscura historia del horror, la vida.
Anuncio de furor siempre aplazado, 
custodia el monte lo real vencido. 
Feliz obstinación que sólo dice 
que nada hay que decir, y hay que decirlo.

 

 

 

Dar fe del diálogo entre río y nube: 
tal es la abnegación que al monte toca. 
Lo sólido es lo frágil que se aparta 
dejando anchura al respirar del agua.
A mayor resistencia, mayor daño.
Obstinado rompiente de los vientos,
atareado en darle forma al aire 
y en relatar sin pausa sus hazañas
que nadie escucha sino acaso el tiempo 
al que toda arrogancia mueve a risa,
el monte sabe que la menor nube 
lo podría borrar de una caricia, 
reducirlo a vestigio de su alcurnia, 
vaga ruina del tiempo de los montes. 
Y el cuchillo del río que lo acecha 
podría desgajarlo y darlo al cielo, 
errante fantasmón, cuento de niños. 
Pero al caer la antigua noche, el monte, 
acogido a la venia de la luna, 
se permite dormir secretamente, 
mientras que río y nube, condenados 
al fluir incesante de su música, 
vierten sus vanas quejas al oído 
de algún pájaro insomne, despiadado.

 

 

 

Pidiendo excusas por su altiva estampa 
regala el monte un senderillo umbrío 
alfombrado con mimo hospitalario. 
Un eco amortiguado del arroyo 
sazona hierbas, flores, matorrales, 
arbustos, cavilar del caminante. 
¡Cuánta vida al abrigo de la fatua 
exhibición del sol, del espectáculo 
del valle entero en brillo sustentado! 
Pero cuidado: cada paso es guerra. 
La sombra es fuego, lo mullido tiembla.
Cada gusano acecha, cada insecto, 
cada espina. Sin ley, bulle el sendero, 
ajeno y aun hostil al caminante, 
receloso del raro personaje 
que encuentra en la fatiga su recreo.
A su aire, entreverando contraluces, 
tercia la mariposa, proponiendo 
su propio ejemplo de vagar sin tino: 
¿No es rara toda vida? Y aletea 
dejando solo en su inquietud al mundo.

 

 

 

El río mira al árbol y sonríe,
deslizándose fiel hacia el olvido. 
El árbol, arrullado por la brisa, 
mira el vuelo del pájaro y sonríe. 
El pájaro, fugaz pintor del aire, 
mira a la roca inmóvil y sonríe. 
La roca mira cómplice a la nube 
y sonríe, sellando su secreto. 
La nube, en su alta majestad incierta, 
mira al hombre que escribe y le sonríe. 
Sonríe el hombre. Mira al río, al árbol, 
al pájaro, a la roca y a la nube. 
Remate del paisaje con figura,
huésped ni requerido ni expulsado, 
se goza en su ignorancia y desamparo 
y en su incapacidad para borrarse 
como acaso al asunto conviniera. 
Poco después, la mariposa llega 
a imponer su tardanza victoriosa,
pavoneándose de un improbable 
papel de guía, traductora o brújula,
hueca estrella invitada al panorama,
demasiado consciente del prestigio 
que su tenue aleteo le confiere,
fingida clave de un sentido ausente.
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