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Charo de la Varga, poeta y artista plástica

Chro de la Varga

poemas

 

Silencios

 


Lo que no se dice 
nos pellizca los párpados,
y tenemos que cerrar los ojos 
para que no eche las ramas ahí afuera.

Lo que callamos 
extiende sus raíces por las venas,
tan real y corpóreo
como el soplido que aviva el incendio.

Lo que no te digo, lo que tú callas,
permanece viajando entre la piel y la carne 
en un murmullo de erizos.

Y algunas veces 
crecen tanto sus tallos,
que se nos acaba desbordando
una insurrección de flores mudas 
desde las yemas de los dedos.

 

DÉCIMA DE SEGUNDO

 


La muerte vino para inundar mi casa.
Se filtró por los resquicios de la puerta esbozando nubes de tormenta,
augurando un invierno perpetuo.
Gotas de una lluvia densa martilleaban cada día. 
Cada día percuten con un compás disonante.
Parece que todo lo que amé se disuelve en el ácido de la negligencia
y yo comienzo a estar sin ser, me difumino, soy capaz de atravesar las paredes.

Hoy sueño con un día en el campo, y ciertamente
la hierba brilla como sólo puede hacerlo en un sueño.
Mi madre se convierte en mi padre por una décima de segundo.
Viste un jersey color púrpura y sonríe a sus hijos que lloramos maravillados.
El suelo está vivo.
Bajo mis pies respira un murmullo resbaladizo de insectos y raíces.

 

 

Las tijeras se aburren en el costurero.
Con el pico cerrado son un pájaro absorto
en rutas de papel, de seda, de cabellos.

A veces seccionan estas nubes deshilachadas
que son los cordones umbilicales del firmamento
y me desconcentran de la labor.
Y acabo flotando
entre el tejido y el ensueño.

Llegaron hasta mí otras tijeras
como regalo de despedida.
Castigadas en un cajón durante meses
me estremecía hallarlas por accidente
y acabaron de punta en la basura.
Nunca supe si fue una conmovedora sutileza del inconsciente
o la metáfora más cruel y absurda del abandono.

Las de ahora no parecen mariposas afiladas
sino amables armas domésticas.
Observan mis desvaríos
desde las cuencas de sus ojos metálicos,
pero no me juzgan ni me amenazan.
Cortan los patrones de mi pensamiento
y los hilos perdidos
de las conversaciones de mi casa.

 

 

Wislawa
llamando 
a gritos 
al Yeti 
provoca 
una 
avalancha.

Letras se despeñan ladera abajo reaccionan en cadena forman palabras se vienen 
vertiginosamente rodando por las gargantas más profundas desde las más altas 
cumbres evolutivas.

En el Himalaya, 
una Homo Sapiens Sapiens 
desarrolla la facultad del lenguaje simbólico: 
Pare una rosa de carne 
sobre la nieve 
e inventa el primer poema.

 

 

No hay estrella 
que alumbre a los errantes.
Dejamos a la espalda un mundo 
que pudo ser nuestro.
Extranjeros sin sombra,
tan felices un día
reposábamos en  la verde pradera  
donde pastan los caballos.
Huellas sobre agua,
canción de cuna en la tempestad.

Una marcha de corazones apátridas
cruza el horizonte de Europa.
Allá quedan las vastas llanuras del Este.
Allá el viento que despeina
a las hijas de los nómadas.

 

 

La lámpara encendida
se adivina 
bajo el quicio de la puerta.
Una grieta rasa, boca 
que escupe esplendores de hogar
sobre sus ojos de sílice.

Escuchad 
la intimidad de los pasillos.
Escuchad, el mantel murmura 
cuando acaricia la mesa.
El deseo es apenas un débil eco.

Al otro lado,  la cerillera
se quema los dedos y los sueños.
Un charco es el espejo de la noche.
La oscuridad se mancha de luz.

 

Materia oscura

 


Leo que han simulado la colisión de la Tierra 
contra un microscópico agujero negro. 
Parece que en su origen 
el Universo estaba vacío de ellos,
poroso como una esponja.
Nada que temer, dicen, 
tan solo un pequeño terremoto.
Cuatro grados en la escala Richter,
mientras le atraviesa el corazón a mi planeta 
esta bala perdida de algún dios arrogante.

No sé de agujeros negros
ni de curvaturas en el espacio-tiempo, 
pero intuyo la nada 
apuntando directamente a mi pecho.

El escalofrío reducido al bolsillo de un viejo abrigo,
hallazgo trivial que la casualidad me propone.
Los dedos se abren paso 
palpando el infinito
a través del forro desgarrado:
un papel escrito con letras desvaídas,
la entrada de un concierto,
el fósil de un caramelo,
una horquilla oxidada,
la emergencia de un beso.

Y una piedra pulida y pequeña,
talismán de un momento,
arcano interrogante 
sobre mi mano perpleja.

 

 

El cielo es el sobre cerrado
de una vieja carta.

Nos miramos temblar en el agua
y creemos ser la firma de las estrellas,
espectadores de la magia en la que se bañan las cosas invisibles.

Estamos así, sin tocarnos,
cada cual abrazado a su propio silencio,
empapándonos de una eternidad indigente y frágil.

Hay deudas sin saldar en todas las vidas
y vidas que parecen el pago de una deuda pretérita.

Desplegando por las entrañas una calma de brisa
soplas la llama de una cerilla,
lanzas ese guijarro
que eres tú
y cuentas hasta tres.

Y así abres en el cielo,
desde la tramoya del corazón,
la maquinaria oculta de las palabras.
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