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Marcos Callau Vicente, poeta
Marcos Callau Vicente
poemas

 

FOTOGRAFÍA

                     A una fotografía de Nilufer Demir

 

Cotidianamente, el eterno movimiento del mar
expulsa a tierra firme
cuerpos sin vida,
despojos de sal.

Si todavía pudiera hallar su pupila
bajo el duro parpado
vería reflejada la habitual crueldad,
tatuada la lágrima,
la horrible algazara del ser humano.

Opacos, sus ojos de alambrada,
ya libres, no verán jamás fronteras.
Pero, ¿qué libertad es a muerte?

Tan solo veo una cría de humano
varada en el líquido amniótico
de una injusticia propia,
la perpetua huella de sangre inocente
en la desconocida playa, 
la memoria en un caparazón vacío
de nuestra historia.
Veo solo a un niño,
arrasado por la especie dominante,
la mueca vergonzante,
el parpadeo en el obturador fotográfico,
el titular,
en los periódicos de la mañana.

Papeles mojados.

Habitualmente, el eterno movimiento del mar
expulsa a tierra firme
los sueños sin vida.

 

LLAMA INCESANTE

                             A AF Molina

 

En el perfil improvisado de la llama,
quizá aumentado con lente de espacio,
vierten despacio sus escritos
las arañas que divierten, hurañas,
a los artistas
desde sus telas infinitas de facturas
y relojes.

Dentro del marco,
en su retrato,
la rueda lunar
tiene cara de muerta
pero es un espejo
que ya no rueda.
Inmutable.

Yo la enfrento desde el abismo,
la calle.
Soy pequeño.
Dispuesto alimento
que ya advierten desde oscuros callejones
mis arañas poetas
que no escriben
y van tejiendo
la muerte.

 

NECROLÓGICA

 

 

He enfrentado monstruos multidisciplinares.
Estancias nocturnas de doce horas
en campos repletos de huevos,
moluscos insondables que ambicionan desertar,
facturas cíclope que desean escapar
de mi caparazón
y melopeas de panorámica visión
que, con su solo ojo, continúan su visaje,
no logran ubicar el centro.

Pero, irremediable, este último minuto
acabará conmigo. Lo sé.
Moriré entre las babas que acunan mi insomnio,
sin la cálida lengua
de mi animal complaciente.
Y será mudo mi final
por todos estos cadáveres palabra
que he abandonado, asesinados,
en la cuneta de mis cuadernos.

Por todo ello, solicito, mi compañera poeta:

                    “No escribas un epitafio
                        sobre mi tumba”

 

RUINOTECA

 

 

Cómo ruge desde la bahía
el limpio crujido del hambre,
cómo surge el estertor salino
penetrando la avenida.
Tormenta de interior
nacida del mar,
ya avanza el tsunami constructor
devastando congresos, políticos,
entidades bancarias, hospitales de pago
y pantallas.
Es hermosa la ruina,
la oportunidad de regresar.

Cómo sangra la corona de espinas
si arde el tiempo del colchón,
cómo aburre la sala del cine
al espectador de ojos vencidos.

Mi biblioteca, agazapada,
es un bestiario 
devorando la señal de tu cruz.

 

DESPERTAR DE UNA ESCALERA MECÁNICA

 

 

La ciudad, animal imposible,
ya se despereza 
en su arrullo habitual
de tiernos tranvías estridentes,
eterna lactancia,
relojes alarmados, 
desbocados automóviles operarios
de farmacia,
en las fábricas de bruma artificial.

La boira que acarrean
los transeúntes sobre sus hombros
no es el aliento del mar.
Aves oceánicas
fallan su vuelo
al perder las rutas ancestrales
en la ausencia de aire.

La ciudad borradora
ha consumido las huellas reconocibles.
Se despereza ya el animal imposible
en su despiadado ritual
de atasco en la avenida
y mortaja en los zapatos.
En cada esquina
irreparable suena la protesta.
El grito palpable.
La muda ausencia.

 

LA CADIERA

 

 

Si de esta cadiera hablara
su mudo recuerdo frente a los pirineos,
narraría un beso secreto,
oculto de las tibias luces
que cubren Jaca,           
a la última campanada.

Si de esta cadiera hablara
su antigua madera junto al bosque,
revelaría cuán largo el olvido
del árbol que fue.
Qué habitado es el silencio
de la savia recorriendo estática
los surcos de su historia,
qué profundas llegaron a ser
las raíces desheredadas
y qué dolorosa la pradera estrellada
del verso secreto
bajo las luces huídas.

Si esta cadiera hablara,
lo haría de una infancia emborronada,
ancestral.
Confesaría bombas
y un torrente de dolor
gritando sangre
por sus calles.
La metralla alcanzando el costado
de aquella buena mujer
o el tejado sepultando
las familias perdidas
en el árbol de la salud.

Si lo hiciera,
enmudecería ante el triste y sucio mundo
que lava su rostro
a sus ojos.
Si lo hiciera,
si esta cadiera hablara,
volvería a ser un árbol.

 

LLUVIA ÁCIDA

                             A Eduardo Laborda

 

¿Alguna vez has hablado
a una estatua sin oídos?
¿has atravesado en globo aerostático
atmósferas de roca?

Quizá sea cierto
y este atardecer contaminado
no pertenezca a otoño
y otoño ya no exista,
cuando tampoco guarda identidad
ninguna otra estación.

Las nubes sucias acompañan
poemas industriales.

Con la yema de tus pupilas
recorres la línea de la esfera
y observas, esperando respuesta,
una bandada de máquinas fósiles
surcando los cielos.
Pareces ahora una esfinge de Tebas,
de rostro pétreo y ceño fruncido,
que desea interpretar algo bello
en el fin de los días.

¿Alguna vez has encontrado 
pétalos frescos en mitad del desierto?
Quizá se cierto el suspiro de Gea
y el estremecimiento de los árboles.

Harapos de nube y lluvia ácida
precipitan manufacturados poemas.
Escribientes del amor y la utopía,
resignados,
invocan al cierzo
para escombrar
las grietas del mundo.

 

POEMA I

 

 

Ruinoso.
Abandonado, polvoriento, denostado Café
de mesita carcomida y desconchada antología 
etílica.
Cascarón de proa en el insigne buque Oroel,
altozano inapelable, buitrera, roquedal,
malnacido alcázar abandonado, 
jaula de pasado, memorial
de fantasmas y fusilados, ejido;
maltrecha y oxidada carcasa
de automóvil sin piel, vencido
por el paso de las lluvias,
y el ciclo de las tormentas,
fósiles mecánicos
arrojados al desesperante erial camposanto
con alma de metal,
vieja antena receptora
de telégrafos ancianos,
rodeada por la mala yedra, inmovilizada;
olivo envirado, horca en la sombra,
hueco de escalera, soga artesana,
morgue ahogada de esqueletos,
adorada viga inquebrantable, 
lecho del río.

Minucioso estudio de incomparables oquedades
dispuestas para el suicidio
o la escritura.

Igualmente,
cuando tu cuerpo demanda 
su habitual dosis de sexo
para seguir latiendo,
desprende un inconfundible aroma a petricor,
manía compartida
con el reciente cadáver expuesto
bajo la lluvia profunda.

Al fin, estas contradicciones insanas
son las que debe solucionar
la poesía.
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