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Emilio Quintanilla, poeta
Emilio Quintanilla
poemas

 

HAY UNA JERINGUILLA EN EL LAVABO



						
Aquí están otra vez. Todas las noches
presencio el mismo drama.
				
La farola de luz intravenosa
que se enciende delante de mi casa
hace que acudan, desde no sé dónde,
cientos de breves mariposas blancas.

Tienen ansia de luz, y aquí consiguen
sentirse iluminadas.
				
Y van trazando en torno a la bombilla
absurdas y frenéticas parábolas
persiguiendo no sé qué paraísos
o huyendo de no sé qué sombras trágicas.

La euforia dura poco. Pronto empiezan
a sentirse extenuadas.
				
Yo las veo caer. Llegan al suelo
como frágiles copos de desgracia,
se agitan un momento, y allí quedan,
con los ojos clavados en la lámpara.

Son cientos de pequeñas mariposas
(Ayer eran crisálidas).
				
Pretendían volar, ejercitando
su libertad apenas estrenada,
pero la libertad, algunas veces,
es tan solo una utópica palabra.

Yo quisiera gritarles: ¡Vuela lejos!
¡Mira hacia arriba y marcha!
				
¡No te detengas junto a la farola!
¡Sigue! ¡Sube! Te espera la mañana,
el horizonte claro, el aire fresco,
el sol, el cielo limpio, la esperanza.



 

CANTO A LA SOLEDAD




No me sorprende, soledad, que rondes
en los últimos años de mi vida
la puerta de mi casa. Bienvenida.
Ayer te quise y hoy me correspondes.

Sé cómo llegas, sé dónde te escondes,
sé cómo y dónde excavas tu guarida,   
pero te tengo ya tan asumida 
que paso de los cómos y los dóndes.

Aquí estoy, justiciera generosa.
Sigue entrando en mi casa cada día
y sigue —como anoche— siendo hermosa,

porque hasta que llegaste, no sabía
que a los que no tenemos otra cosa
la soledad nos hace compañía.

Aquí estoy, soledad. Tengo anotados
tus poemas de escarcha en mi libreta.
Te tienes que acordar. Soy el poeta
que lloró cuando fuimos presentados.

¿Sabes? No lloro ya. Versos llorados
me impiden ver la soledad completa.
Al borde del camino, en la cuneta,
fui dejando mis llantos enterrados.

Porque te quiero ver de otra manera.
Quiero que impregnes mis atardeceres.
Quiero gozar tu soledumbre entera

y hablando de gozares y quereres
déjame que te diga, compañera,
que yo te quiero amarga, tal como eres.

Te quiero porque llegas puntualmente
—pocas noches olvidas nuestra cita—,
y porque es silenciosa tu visita
—poco silencio habrá tan elocuente—.

Porque no existes cuando estás ausente
—poca es la gente que te necesita—,
siendo a la vez un ágora infinita
—pocas plazas habrá con tanta gente—.

Aquí estoy, soledad. Te estoy cantando
poniendo el corazón en mi balada.
Contigo de la mano voy llegando

hacia una noche ya sin madrugada.
Sólo tú seguirás conmigo cuando
lo que no seas tú no sea nada.

 

MADRIGAL DEL CARACOL COJO




           I


Un poco más de un paso
pero menos de dos: un metro escaso
de la fuente al lindero de la huerta.
Ese es el reducido itinerario
que recorre a diario
—sin moverse del quicio de su puerta—
un caracol que sabe a ciencia cierta
el final que le espera.
Fue un caracol normal hasta ayer mismo
pero un bardal para él es un abismo.
Cayó de tal manera
que sufrió una rotura de cadera
y ya nada es lo mismo.
Ahora se limita
a ver el mundo desde su garita.
La experiencia de un trauma tan terrible
le ha vuelto susceptible.
(Los caracoles cojos
son más hiperestésicos, más tiernos, 
y lloran por la punta de los cuernos
donde tienen los ojos).


           II


Cuando el día comienza
y el sol funde la escarcha,
y cualquier caracol se pone en marcha,
él, inmóvil, me mira y se avergüenza.
Entonces yo le digo:
¿Qué culpa tienes tú, mi buen amigo?
Y él me dice: Si no puedo arrastrarme
me gustaría, al menos, elevarme,
subir ágil, con brío,
levitar mientras giro en el vacío,
comunicar, en vertical, dos planos,
para que los humanos
pudierais algún día
comprobar que soy útil todavía.
(Y mira hacia lo alto,
como si pretendiera dar un salto).


				
           III


Ayer le he visto muy desmejorado.
Ya ni siquiera hablaba.
Cuando llegué a su lado
quiso explicarme lo que le pasaba
y escribió con su baba
un críptico mensaje en el sendero.
Sin duda era importante,
pero un bronco aguacero
hizo que se borrara en un instante
una espiral brillante
que trazó el caracol, quien finalmente,
harto de que la gente
no entienda su cojera
se ha dejado morir junto a la fuente
y ha donado su nombre y su patente
al trazo helicoidal de una escalera.
QUERIDAS PALABRAS

                        La palabra del hombre, honradamente 
                     pronunciada, es hermosa, aunque oscura.

                   Carlos Bousoño: “Salvación en la palabra”



 
Me esperan, como esperan los parados
en la lonja del puerto
a que llegue el patrón a contratarlos:
“¡A ver, los diez primeros!”.
Son las palabras. Todas las palabras
que caben en mi léxico.

Son letras en racimo, y hay algunas
—alondra, piedra, cierzo...—
que parecen dormidas, y de pronto,
al sentir que me acerco
se agitan como pájaros tullidos
cuando llega el deshielo.

Otras están haciendo penitencia
—odio, mentira, miedo...—
y permanecen quietas y distantes;
saben que las empleo
sólo cuando el desánimo me tumba,
sólo cuando anochezco.

Hay algunas palabras que están tristes
—herida, por ejemplo—.
Esta palabra, ciertamente bella,
me mira desde lejos
ruborizada. Sabe que conozco
su origen violento.

Las palabras nos dan nuevas figuras
para viejos conceptos.
Eso lo sabe bien Gonzalo Rojas,
ese niño chileno
que al ataúd le llama avión de palo
y se queda tan fresco.

Yo quiero que me quieran las palabras,
quiero quererlas. Quiero
poetizar con ellas, aunque a veces
—como hoy— casi prefiero
verlas volar. Hoy no voy a llevarlas
a mi viejo cuaderno.

Hoy no voy a escribir. Perdón, palabras,
si por unos momentos
hice que concibierais esperanzas.
No hay poema. Lo siento.
Se terminó por hoy. Pero mañana
os prometo que vuelvo.

¡No nos dejes así! —me gritan ellas—.
¡No puedes hacer eso!
¡Llévate una palabra! ¡La que sea!
¡Un sustantivo, al menos...!
Entonces yo, que las adoro a todas,
una vez más me llevo

la palabra que al verme solo y triste
me sigue como un perro.
La palabra que sin mover los labios
pronuncio cuando rezo.
La palabra que más está conmigo:
la palabra silencio

 

VISTA CANSADA

 

 
Tengo, de tanto ver, vista cansada.
Pero no tengo esa visión borrosa
que llega con la edad. Es otra cosa
lo que empiezo a sentir en la mirada. 

Es que me cansa ver. Que no me agrada
mirar el pino, el pájaro o la rosa.
Es que mi vista, siempre tan curiosa,
ya no encuentra curioso casi nada.

Hoy noto que he perdido aquel anhelo
que sentía por ver. Hoy imagino
las cosas sin mirarlas. Ya no suelo

mirar la rosa, el pájaro o el pino.
Ahora una de dos: o miro al cielo
o me miro los pies mientras camino.

Hoy no miro la vida; la recreo
virtual, con el encanto que tenía 
cuando era novedad lo que veía 
y mi sorpresa estaba en su apogeo.		

Hoy entorno los párpados y veo
las cosas bellas que miré aquel día
y que mi mente guarda todavía
claras y limpias, como en un museo.

Testimonios fugaces y secretos
de unas miradas que me dieron tanto:
lugares, gentes, símbolos, objetos...

conservan hoy su primitivo encanto,
pero he de verlos con los ojos prietos
porque si abro los ojos los espanto. 	

Mientras persistan mis desacomodos,
mientras mis ojos sean de persona, 
si la pereza no los condiciona
y el camino está libre de recodos

pondré mi vista a ver, de todos modos,
por si encuentro un milagro por la zona.
(Aunque ya ni un milagro me impresiona;
quien ha visto un milagro ha visto todos).		

Yo enciendo una mirada clandestina
mientras la luz de otra mirada llega.
Soy un hombre que esconde en su retina  

lo que ayer se le dio y hoy se le niega, 
y se tapa los ojos, y camina
como jugando a la gallina ciega

 

UN ÁRBOL, UN RÍO, UN PÁJARO.
Coplas manriqueñas, o “de pie quebrado”

 

 

Un árbol. Me gustaría
ser un chopo en la llanura
que tuviera
la carne como la mía
en vez de su encarnadura
de madera.

Y en el ramaje, dormidos,
para que tú los recojas
a bandadas,
mis poemas en sus nidos.
(Seré un chopo con las hojas
numeradas).

Y un río. Pero no un río
como tantos, que dirigen
su corriente
hacia el mar. El río mío
regresaría a su origen
mansamente,

y en el manantial materno,
a salvo de turbulencias
y oleaje,
te leería un cuaderno
con todas las experiencias
de mi viaje.

Y un pájaro, centinela  
del nidal donde ha guardado 
su secreto.
Pájaro que sólo vuela
alrededor de un tejado
muy concreto.

Pájaro de los que viven
firmando en el firmamento, 
y el plumaje
de plumas de las que escriben,
para dejarte en el viento
mi mensaje.

 

UN TREN HACIA LO UMBRÍO

 

 

Te mueves tú. La vida no se mueve.
No es la vida que pasa,
eres tú quien transcurre fugitivo, 
quien despliega distancias,
quien se diluye en brumas, quien se aleja
viajero en ese tren que se desplaza
desde un íntimo punto de partida
hasta un cósmico punto de llegada.

Tren y viajero recorréis la vida 
juntos hasta apurarla.

Intenta desde el tren lanzar al viento
sueños, penas, palabras...
verás como se van con el paisaje
hacia atrás, como tordos en bandada
a posarse en la vida, esa entelequia
destemporalizada
que no se mueve nunca de su sitio.
La vida es sedentaria.
						
No es la vida que pasa; eres tú mismo.
¿Adónde va a ir la vida que más valga?
A ti te lleva el tren hacia lo umbrío,
a ti te va la marcha.

Pero a la vida no; la vida siempre
ha estado donde está porque es estática,
tiene cimientos, es un bien inmueble.
La vida es esa tapia
inmemorial que sobrevive al tiempo,
sucia, resquebrajada,
interminable y llena de grafiti
que se ve desde el tren donde tú viajas
hacia el bancal más puro de la niebla,
hacia el andén de las desesperanzas,
hacia un fin de trayecto presentido,
hacia lo ignoto, hacia...

 

NO TODO ESTÁ PERDIDO

 

 
Debajo del cadáver, ya ceniza,
de mi verso, renace un verso nuevo.
No todo está perdido.

En el surco la tierra está alumbrando
un diminuto brote polifónico
con venillas azules.

Voy temprano a Bomarzo
cuando las sombras tienen sed de aurora 
y el sátiro fornica.

Llego al lugar donde mi verso yace,
me arrodillo, me inclino sobre el surco
y aproximo el oído

para escuchar el canto de esperanza
—Rubén de nuevo— que me brinda un suelo
palpitante y fecundo

mientras desde la rama de un cerezo 
mira a la luna un ruiseñor noctámbulo
que se hará alondra al alba.
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