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J. Luis Rodríguez García, poeta y novelista
J. Luis Rodríguez García
poemas
Cass la chica más guapa de la ciudad

 

Nos gustaba Cass la chica más guapa de la ciudad

su forma angelical

de pisar la nieve

mientras tararea la última estrofa de Dylan.

 

Su manera tan dulce de guiñar

como si estuviera recitando un poema

 

o pintándose los labios en el espejo de cualquier fotografía.

 

Nos gustaba que tuviese

las piernas morenas y se riera

como un sábado.

 

Pobre Cass.

Tenía que morir como una diosa nuestra

 

arrollada por un Chevrolet

conducido por un repartidor de cocacola.

 

Ahora la lloramos todos

y enviamos violetas a direcciones inventadas

todas dirigidas a

                    Cass la chica más guapa de la ciudad

 

que simuló un suicidio de noches

para huir una vez más.

Cass,

te vamos a recordar

cuando los niños vuelvan de la escuela

y nos pidan chiclé y cacahuetes

 

pero en esta tarde sólo hemos aprendido

a silbar

una nueva canción.

 

Es para ti Cass

que estabas harta de la vida

que te callabas desnuda bajo el sol de las cinco de la tarde

es para ti

que nos reprochaste muchas veces

nuestro aire de perritos derrotados.

 

Pero ya nos veremos más

¿no es una lástima?

Ahora que estamos desesperados

 

y un policía nos robó todas las lágrimas.

 

(De Tan solo infiernos sobre la hierba.
Reproduzco este poema en homenaje a M. Aznar,
alma de Más birras, que cantó estos versos
musicados por el inestimable G. Sopeña 
–quien lo ha versionado con Ferrobós y él mismo-).

 

 

Recluido, habito como un pájaro

en el gabinete más abierto y oloroso,

invadido como las playas abandonas

por los rápidos olores del viento.

Acaricio las vanas miniaturas

del pasado, me alojo en el fervor

de los líquidos y el humo.

Contemplo los cielos rojos

de los crepúsculos sin fecha

y descubro torsos desnudos,

el olor a cereza del desamor

y la belleza de madera de una página.

Pero no reside aquí

porque sea hermoso o justo,

Es el lugar donde me han instalado,

como a un pájaro inútil

y sordo.



De En la noche más transparente.

 

 

 

Cuando leas los libros de historia,

descuida la ofrenda de los capitanes,

que invocan ante las imágines

el honor de desolaciones y pólvora,

y déjate seducir en la lumbre del alba

por la imaginación de los miserables

y sus estandartes de efímera gloria.

 

Misterioso y loco júbilo florece en su destino.

 

(De Pentateuco para náufragos)

 

 

 

Qué importa que el sentido del mundo se desvanezca

en tiempos de barbarie,

cuando sólo se contempla

la silente pesadumbre del alma

y el golpe terco del martillo

destrozando la esperanza

que se sumerge como raíz astuta.

 

Se trata de amar la ciudad arrasada.

 

(De Pentateuco para náufragos).
Diecisiete

 

     El carruaje de los muertos vivientes

     recorre las heladas avenidas,

     mientras los viajeros contemplan las chimeneas que exhalan humo 

pálido

     hacia las nubes de color de fresa

     sin saber que están quemando versos y fotografías

     en el oscuro horno de los sótanos.

 

(De  En la última ciudad).

 

 

 

La muchacha vende su cuerpo como una copa de nácar,

como una huella, extranjera, venida del hielo,

y no le desagrada mostrar sus pechos de espuma y arena, negros

y azules, pezones de sal y amarillo.

Es la vida. Sobrevivir es el desafío.

Cruzan los automóviles, regresan tipos tristes

que hablan de sus abuelas

y de las casas que se derrumban, vuelven

los muchachos torpes que buscan la primera noche de amor.

Sexo.

La verdad es que no entiende casi nada de lo que le confiesan.

Ella se limita a abrir las piernas sobre la cama sucia.

Te amo, le susurra a alguien

mientras mira el cuadro de ciervos cazados, indiferente.

La estancia es horrible. Descubre

sus manos delgadas en el espejo, huele el vómito en la alfombra.

Pero qué maravilla seguir viviendo.

Mañana sirven paella en el restaurante. Y dan gratis café.

Por la noche los tertulianos hacen apuestas con la ruleta rusa.

 

(De Voces en el desierto)

 

 

 

No husmeé el vómito

de los hornos crematorios, ella

no había nacido en cuna judía,

 

pero su pesar es extraordinario, también.

 

He descendido ríos, con

vosotros, indagando otras veredas,

y me contaron que sus labios sangraban

junto a las sepulturas, estuve,

tú estabas cabalgando

mientras me sorprendían el relincho y el trueno,

la hojarasca, el insomnio

durante el que se preparan

crímenes y relatos.

 

 

Ellos esperaban sobrevivir, poco

a poco,

fueron agonizando con los labios azules,

yo no he estado llorando

ante el pelotón de fusilamiento, tú

me mirabas,

nosotros nos preguntábamos cómo es posible

tal aniquilación,

geométrica, cruel decencia, sórdidos,

ellos, compraban a los Stones,

tú te encogías en mi regazo inútil y vano.

 

(De Vidrio y alambre)

 

IX. Maestro universal
 

 
Y ahora, en este nuevo siglo,

cuando la enfermedad de la niebla y el lodo

nos atraviesa, como alambrada,

cuando en los árboles florecen

podridos frutos, a-

hora,

cae fósforo blanco sobre Auschwitz,

de nuevo, otra vez, los cuerpos des-

pedazados.

La Muerte ya es un Maestro universal,

y sólo queda detenerse a rezar

en la sombra, acariciar el pánico,

preguntarse por qué se ha vivido, el pájaro

vuela hacia el azul del cielo,

el pájaro, y nosotros nos hundimos

en el lodazal, los muertos

vivientes, nosotros.

 

(De Vidrio y alambre)
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