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Carmen Ruiz Fleta, poeta y periodista

Carmen Ruiz Fleta

poemas

 

 

Desconozco la clase de dolor
que en ti habita.
Era yo niña
y ya eras tú el viejo
que pelaba la naranja
con rigor matemático
en tus dedos sin ventanas.
No hay ventanas en ti.
Si acaso años que asoman a los ojos
reclamando piedad.
Desconozco si guardas dentro
una arcadia secreta
hecha del material de las decepciones
antes de serlo;
desconozco si un día
fuiste joven y feliz.
Fuiste bello y me parezco a ti,
pero antes de tapiar todas mis ventanas
quiero conocer cuál fue el error,
qué día el dolor parásito
encontró acomodo en tus paredes,
para estar bien despierta
si la historia se repite.

 

(Poema 16 de Polaroid. Todos parecemos más fuertes en las fotografías. Olifante 2011)

 

Déjà vu

 

Me visto y me agarras por la cintura
y hueles mi cuello
antes de ponerme la blusa.
Y te sonrío con los ojos
y te muerdo los dedos porque los dos sabemos
que esta escena es repetida,
que hace un tiempo,
en otro cuarto,
tú agarraste otra cintura
y yo mordí otros dedos
y cada cual creía entonces
que no se podía ser más feliz.

 

(Mapas y disfraces. Comuniter, 2010)
 


En el vestíbulo con chapines rojos,
triste final de piernas venosas,
me reconocerás por una cicatriz en la rodilla
cuando me agache a recoger los inviernos perdidos.
Te diré entonces que abandones la esperanza
de volver a ver las casas volar,
el technicolor devoró los huesos de madera
mientras te dabas placer sobre baldosas amarillas.
Y no te creerás que has envejecido
y que el perro ya no vive
y que alguien acabó con los ciclones
y que nunca supe cantar.
Cuando golpee los talones
te fijarás en que el charol no brilla,
brillas tú de manera ridícula.
El cuento es cruel.
A mí me ha hecho bruja del Este
y a tí hombre de hojalata.

 

(Música para perros. Chorrito de Plata, 2006)
10.

 

De pequeña tocaba el piano, pero no lo hacía bien. Envidiaba la
agilidad de los dedos ajenos y los ojos cerrados delante de la
partitura. La banqueta tenía estómago de Mozart, Bach o Schumann,
y abría las fauces sin escupir notas. Después me sentaba en el
terciopelo y posaba las manos sobre el teclado. Diez arcos sin
contrafuertes, presionaba con el alma, pero sólo se escuchaba música
para perros. De todos los acordes ladrados mis preferidos eran los de
Chopin. Me sonaban a vestidos blancos, a caserones y a días
nublados.

 

                    muy       de          vez en cuando
                    bailaban        polillas
                    un     seis    por  ocho
                    desafinado         sin clave
                    calvas de       tanto       sudar
                   (mi torpeza exigía un gran esfuerzo).

 

Mis afanes se mezclaban con croquetas y televisores en el patio de
luces. Por más que atrancara la ventana siempre escuchaba los
ladridos y las muertes de los mosquitos al chocar con el cristal.
Óbitos sonoros y transparentes que dejaban muescas diminutas como
plomo. Sólo el calor me hacía abandonar el intento de ser diferente.
Sólo los recuerdos inventados me provocaban bailar desnuda ante el
metrónomo.

 

                    noches     de notas         silenciosas
                    que           ni siquera   existieron,
                    pero la cabeza        las lloraba
                    como dormida

 

Era el flexo de junio el que más iluminaba el gigante de mi cuarto y
menos ocultaba los jirones de pequeñez. Frustraciones tempranas
bañadas en cola cao y secretos. Doce besos antes de cerrar los ojos,
a muñecos vivos, a vivos muertos y a muertos de verdad. Antes de
que el miedo girara el picaporte y se metiera entre mis sábanas a
perturbar mis doce años, me imaginaba con el vientre hinchado
sentada sobre el terciopelo, arrancando sólo música para perros.

 

(Música para perros. Chorrito de Plata, 2006)

 

 

Soy la chica del biquini azul.

Te estoy mirando

desde el otro lado de la piscina olímpica.

Desde allí no puedes ver las venas de mis piernas,

por eso crees estar viendo un bonito cuerpo.

Me llamo C. y puedes continuar como quieras.

Si vienes hasta mi toalla te dedicaré una sonrisa.

Si cruzas nadando la piscina me casaré contigo.

 

(Poema I de Cinco días en agosto. Eclipsados, 2008)

 

La doble

 

 

Amaneces dulcísimo.
Es el sudor de la cumbia y el fútbol
lo que te hace saber a domingo.
Esta noche has soñado con otras mujeres.
Lo sé porque también me sabes un poco a pólvora,
y porque aullabas nombres en inglés.
Mañana te diré que me he cortado el pelo,
y que también van a cortar la conexión a Internet,
pero antes de que amanezcas del todo y empiece el ritual,
bailaré en silencio para tus ojos cerrados.
Y no los abrirás aunque estés despierto porque sabes
que incluso las heroínas más valientes
tienen una doble en las escenas de acción.

 

(La impostora. Editorial Libros del Imperdible, 2012)

 

 

Un manojo de noches me desvela desde niña.
La noche de las ausencias,
esa oscuridad obstinada que aprieta sin ahogar.
Todos los muertos (también los de mi prehistoria),
que acuden a saldar deudas en momentos absurdos:
eligiendo la cena en un restaurante,
probándome un vestido,
acariciando un perro.
Entonces aparecen rostros en blanco y negro,
sonrisas congeladas en nitrato de plata
que en algo me recuerdan a mí.
Cenizas del pasado que comparto
con hermanas y primos
y que perturban mi noche con sus noches,
su noche con sus ruidos y sus miedos,
mi miedo del álbum de fotos.
La noche de los mayores.
Las sombras que dibujan las cortinas
ocultan los murmullos de la habitación contigua.
Quiero saber qué dicen.
Es una noche fresca, bendita,
apenas noche,
ni yo soy yo apenas.
Me arrulla la noche del insomnio,
ridículamente
(ya no tengo edad para que me acunen).
Me canta una nana de aliento pestilente,
“Has crecido, nena”,
dice la lengua que vela mi no sueño,
pero me dejo acariciar por ella
con la intención de seducir al monstruo.
La noche que punza el corazón de la noche,
la soledad sin antídoto,
el silencio.

 

 

 

Mi niña vive en una caja,
Su cuerpo crece entre paredes
Que le escuecen,
Sus desordenados huesos
Se amoldan a los límites
Que les marca la medicina,
Una habitación incomprensible
Para una vida de año y medio,
Un molde de esperanza y miedo,
Que me impide abrazarla,
Y que perturba  las caricias
con su dureza.
Cuando tiemblo de rabia,
Mi niña sonríe,
se acerca caminando torpe,
Para darme un beso
Y demostrarme que
Sabe lo que es el valor
Mucho mejor que su madre.
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