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Alfredo Saldaña, poeta

Alfredo Saldaña

(Fotografía de Fernando Saldaña)

poemas
Ahora sé que el dolor es solo la idea del dolor,un lugar irreductible
al lenguaje, no es más que sentir —como escribiera Artaud— cómo se desplaza
el pensamiento en uno mismo. Ahora sé que la herida ocasionada por la
ausencia se cierra en el encuentro con el silencio, más allá de las palabras
con las que nos presentamos y en las que creemos reconocernos ante los
demás. Ahora sé —lo he leído— que el dolor carece de nombre, de imagen y de
identidad, no es de nadie, ni tuyo ni mío, es de todos y sé también que
cuando alguien cae en la batalla todos, de un modo u otro, caemos con él.
Ahora sé que hay un mundo más allá de este mundo, una casa dentro de esta
casa, unas líneas ocultas entre las líneas escritas de este texto, un
atardecer perdido entre el día y la noche. Ahora sé que todo fue un sueño,
que mi corazón fue una construcción de tu conciencia y que hoy descansa
entre libros, sobre las estanterías de escayola de este cuarto
abuhardillado, entre la tierra y el cielo, entre la memoria y el deseo,
entre la sangre y el aire, sobre el recuerdo histórico de todos nuestros
muertos. Ahora sé que solo soy un personaje de ficción cuya sangre
alguien está transformando en la tinta impresa de este texto: soy ya un
texto, tejido textual, cuerpo devenido en discurso que fluye como la
corriente de este río. Alguien me escribe —quiero decir que alguien está
reduciéndome a escritura— y sé que jamás leeré lo que los ojos del
murciélago trazaron con su mirada sobre la superficie de las aguas.
Ahora sé su nombre y dos o tres cosas más.

 

(De Palabras que hablan de la muerte del pensamiento, Zaragoza, Olifante,2003)
HABLAR CON LA ARENA



Nombramos cuanto deseamos alcanzar o tememos perder,

aquellos seres, objetos y acontecimientos que acompañan

nuestra existencia y la dotan —eso creemos— de sentido.

Nombramos las pérdidas del mundo y el mundo que anhelamos,

el silencio, las heridas, el tiempo que nos arranca el tiempo

de la vida, las preguntas que no conocen respuestas

y las respuestas que flotan en el viento.

Nombramos lugares y fronteras sin perfiles geográficos definidos,

espacios vacíos, distancias sin tiempo y sin medida,

ejes que enmarcan ojos, monedas que saldan deudas

y penas que ratifican condenas.

Nombramos el mundo con palabras gastadas por el tiempo,

nos empeñamos en certificar la vida con palabras

heredadas y pronunciadas a destiempo, creemos vivir

y sin embargo es el tiempo el que nos vive a contratiempo,

ignoramos a menudo que el mundo es otro y distinto

a cada paso cambiado que se da, en cada instante diferente,

que el misterio renace una y otra vez en cada ser humano

que lo nombra, nos da pavor pensar —y así nos va—

que el mundo es nada sin el valor fundacional de la palabra.

La vida se nombra a sí misma en cada desposesión,

en cada pérdida, en cada despedida y eso basta.

Vivir es eso, pasar, pasar de largo y nombrar

lo que se va perdiendo en cada tramo

del camino, convivir a cada paso con el abandono,

la renuncia y la indigencia, sentir cómo la vida nos vence

y nos enfrenta al final —solos, desposeídos de todo— con la muerte.


(De Pasar de largo, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2003)
 
 


¿Qué pone

en juego

la pregunta

que no sea

la indecibilidad

errática

de una respuesta

imposible

de pronunciar,

 

el riesgo

de suplantar

el silencio anterior

al interrogante

con el rostro

sin sentido

del vacío

saturado

de vacío?

 

 
 

Lenguaje, itinerario de tinieblas,

desierto de arena y de palabras en cuyo centro

se lee la huella de una vida atravesada por la errancia,

se oye la voz de un decir indecible.

 

Lenguaje, lindero de posibilidades,

país de tinta y sangre cuya frontera

se ve amenazada por la blanca afonía,

la piel del extranjero y el rumor del agua.

 

Lenguaje, laberinto en donde se pierde

el sentido y los sentidos confluyen,

explosión de aire, perípatos siempre pronunciado

y sin embargo nunca del todo recorrido.

 

En tu cielo, lenguaje, tengo yo mi infierno.

 

 
 

Y reconocer después, a punto ya de atravesar el umbral

que da paso al tiempo de las pérdidas y las reconciliaciones,

que a todo límite corresponde un punto de luz, el inicio

de un nuevo camino, una palabra envenenada por el buen sentido,

una estrella que guíe por los desiertos del frío

los pasos sin destino de todos nuestros muertos,

 

y ello para aceptar que el saber consiste antes que nada

en soltar lastre, para aprender por fin que el infinito es blanco

y mudo como el vacío y que la sombra y el desconcierto

delimitan con sus nombres las márgenes del camino,

la extensión de este desierto y la mirada que lo atraviesa,

la memoria irredimible de todos los vencidos.

 

(De Humus, Zaragoza, Eclipsados, 2008)
TRAMPANTOJO
 



¿Qué advierte el vigilante

más allá de lo que muestra el paisaje?

¿Qué guarda quien protege

el emblema que da nombre

a los desaparecidos?

Velar por lo arrancado,

picar para ver

lo que bajo los escombros

aún respira.

Agrietar. Punzar. Taladrar.

Agujerear hasta dar

un mal paso y encontrarse

en el corazón del aire

con la raíz del sentido.

¿Qué golpe de luz,

qué destello en la noche

hará blanco en la belleza?

¿Qué realidad oculta la mirada

que en rigor no sea un trampantojo?

 

HUMEDAD TRAS LA LLUVIA

 

 
No te intrigue lo que encuentres

sino lo que desaparezca cuando mires.

 

Que no sea la palabra que te arrastre

al hueco en que aún respires

el lugar seguro que habías imaginado.

 

Que no sea el tiempo que pase

ni el espacio recorrido

lo que te nombre.

 

Que lo que te nombre

sea la lágrima que caiga,

la humedad tras la lluvia.

 

No seas tú quien camine. Bajo las piedras,

seas tú el sendero que unos pasos tracen cuando avancen.

 

CAMINAR

 


Caminar,

penetrar en mala tierra,

avanzar bajo las estrellas

en compañía del salitre

y hacerse fuerte

junto a los que no reblan

y conocen

el regusto amargo de la derrota

y la resaca blanca y áspera

de la desesperación.

Caminar,

pasar la noche al raso,

respirar sin miedo,

a pleno pulmón,

contemplar la soledad de la luz

en la oquedad de la cárcava

y despertar después, desabrigado,

junto a los neveros

donde anidan los desaparecidos

con la intención de rastrear

en los surcos de hielo

la memoria devastada

y pobre de los pájaros.

Caminar,

desbrozar senderos y palabras,

desvelar el secreto

que la montaña oculta

con la desnudez y la inocencia

de la primera mirada,

citar el mundo hasta desconocerlo

y ser al calor del fuego

uno más junto a los muertos.

Así, como el humo y la ceniza

que acarrean los restos

de lo que fuimos,

como un extranjero

que a solas, de noche y en silencio

se desplaza sin destino,

como el testigo de un tiempo

crecido frente a la adversidad,

avanzar y ser solo un papel en blanco

arrastrado por el cierzo que viene,

llega, cruza y ya se aleja,

una senda

por la que un hombre se aproxima

al encuentro de su piedra o su vacío.

 

Caminar,

adentrarse en mala hierba,

dejar atrás la identidad

que nos citaba y hacía fuertes

frente a los demás

y marchar,

persistir, avanzar

con la piel y la palabra

del que viene de lejos,

pasa, avanza, no se detiene

y se traslada más lejos todavía

y, como una voz callada

que a nadie

y de nada habla,

insistir en la penumbra

y dar en la hora del frío

testimonio de pérdidas,

huecos y desapariciones.

Así, como un semejante

que aún insiste sin ceder

dispuesto a sellar su vida

en un amanecer helado

junto al mar,

como alguien

que todavía respira en tiempo

de indigencia y de penuria,

como un resistente

que ha sobrevivido

a los golpes más brutales de la historia,

como un ángel sin aura abatido

por la luz fría y metálica

de la conciencia del mal,

caminar,

demorar la obra

y ser al fin,

después de todo,

un artesano de palabras

sin palabras,

un extraño en la noche,

un hombre sin alma que avanza

contra el viento,

en silencio,

bajo el frío de las estrellas,

el relato de nadie,

solo uno más, solo,

entre todos los muertos de la tierra.

 

(De Malpaís, Sevilla, La Isla de Siltolá, 2015)
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