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Miguel Serrano, escritor, traductor y poeta

Miguel Serrano

poemas

EXPERIENCIA (CODA)

 
 
 

Así que ya veis, no hay mucho más que contar.
Lo resumiré: nací. Fui, según aseguran las fotografías,
un niño feliz en rincones de días sucesivos.
Un día descubrí la muerte en unas zapatillas bajo una cama,
en un campamento de verano (un hombre con barba
nos vigilaba desde la puerta, había empezado a llover).
He sido una sombra que pasaba por muchas vidas,
incluida la mía. No he tenido miedo. Me he reído
de casi todo. Ya está dicho. A nadie le interesa.

Quise y me quisieron, por un instante,

pero ya pasó. Ahora respiro para mi sangre detenida.
Podría escribirse una novela de mil páginas, de diez mil páginas,
sobre mi vida. Sería tan poco interesante
como la mayoría de las novelas, como la mayoría
de los libros de poemas, como este poema.
Eso es todo.
Y la mitad sobra.
De Me aburro, Harakiri, 2006

 

CHARLES MINGUS

 

 
Al principio fue el grito.
La jungla se abrió paso (lo que otros llaman paraíso).
Llegó el sexo, y desde el sexo bombeó la sangre
que inundó generaciones sucesivas
de hombres sin alma.
Algunos individuos degeneraron, palidecieron,
construyeron empalizadas afónicas.
El resto siguió con lo suyo, el ritmo,
la tristeza de la intemperie.
Vino el blues a rescatar a las panteras.
Con el verbo se desmoronó todo:
trataron de explicarse.
Si hubierais visto sus labios cerrados,
cómo lloraban, 
mientras se establecían prioridades, juzgados
donde construir los barcos
en que desplazarnos.
Alguien inventó el pentagrama y la historia.
Enseguida los ángeles, y yo junto a ellos.

Tocaré en el combo
de la fiesta del juicio final.
Estáis invitados.
No hay partitura.
Improvisemos.

De La sección rítmica, Aqua, 2007

 

(SIN TÍTULO)

 

 




¿Y por qué no habría yo de beber tanta agua como quiera? Estoy sentado en el sofá, 
las manos sobre los muslos, y de repente llega hasta mí una sensación que identifico 
como sed. Así que me levanto, tomo un vaso del armario que hay sobre el fregadero, 
abro el grifo, dejo que corra el agua, introduzco el vaso en la trayectoria del agua, 
lo dejo allí unos segundos, hasta que el líquido llena el vaso, y entonces cierro el 
grifo, llevo el vaso a la  boca y me bebo el agua. Bendita agua. La vida que entra en 
mí y me llena de alegría. Termino de beber, me paso el dorso de la mano derecha por 
los labios (el vaso ya vacío en la mano izquierda) y repito la operación. Una y otra 
vez. ¿Por qué ha de ser algo tan terrible? Después regreso al sofá, henchido. Hojeo un 
periódico, un par de libros, tomo notas en una libreta. Me levanto y miro por la ventana. 
Una punzada en el pecho, tan precisa como un adjetivo, junto al hombro izquierdo. Vuelvo 
a sentarme. Entonces noto de nuevo los labios, la garganta, su súplica, regreso a la 
cocina y vuelvo a tomar el vaso, el mismo de antes, que ahora está sobre la encimera. Agua. 
Más agua.
 ¿De verdad es tan terrible? ¿Acaso soy un monstruo?


De Insultus morbi primus, Lola editorial, 2011

 

[reflejos]

 

 

Una pierna levantada, equilibrio, cosquillas,
martillos. La ludoteca del neurólogo. Deseas sentir
todo lo que debes. Ni más ni menos. Listas de palabras
que has de repetir. Tu fecha de nacimiento. El nombre
de los días. Os concentráis para no confundiros,
pero los humores pueden más. Y el terror. Caminas,
un pie delante del otro. Te confundes y comienzas de nuevo.
Hay exámenes que no se pueden suspender.
Sobre la camilla, exhausto por la alegría, tumbado,
resoplando por la nariz igual que un centauro,
abarcas tu cuerpo como un mapa
y extiendes tu territorio de redes y rutinas, laberinto
en el que inmolar la memoria que fuiste.
De perfil, de frente, de espalda,
imaginas que galopas por tu piel, deseas
que el agujero negro esté en otra parte, no
en tu cabeza. Escuchas con atención, como el alumno
aplicado que un día habitó tu crecimiento.
Pero no comprendes las palabras y no puedes
evitar que una lágrima se sacrifique
desde el altar rancio de la sábana
en honor del juego y de la gravedad.

De Angor animi, Los imaginantes, 2015

 

CAVA SUPERIOR

 
                                                    Alcohol
                                              sin esperanza.
                                            Antonio Gamoneda

 


 

La lista de invitados tiene miedo.
Nadie conoce el nombre de sus padres.
El pulso del poema invita al baile.
El delirio, al pasar, lanza su gesto.
El vino me parece fabuloso.
Qué poco protestaba allá en su tierra.
Vagamos por la pista de despegue.
Bebemos en el centro del cometa.
María, en su infancia, vio un fantasma.
No sé por qué me miras de ese modo.
Sabemos que volver será difícil.
Los camareros lloran de alegría.
Los canapés se enfrían en tu ausencia.
Algunos rayos x te atraviesan.
Debiste haber traído calcetines.
Pasamos los inviernos en Mallorca.
La extensión de la arteria es deslumbrante.
Sujeto y predicado: el resto sobra.
El médico mostró su escepticismo.
No sé por qué te empeñas en negarlo.
No costaría nada arreglar esto.
Una frase escuchada por la calle.
El azar parece cosa de notarios.
No os podéis imaginar qué mal estaba.
La vida tiene mil fallos de raccord.
Te juro que se puso como un cristo.
El sentido es la afasia del discurso.
La mayor estudiaba empresariales.
No sé por qué te tomas tan en serio.
¿Tanto le costaba llegar antes?
Al fondo del pasillo hay una estatua.
En la mano sostiene un candelabro.
Las velas iluminan la escalera.
En el piso de arriba se oye gente.
A veces me entra miedo sin motivo.
¿Por qué no me traéis una cerveza?
Un pájaro aletea en la distancia.
Se quedó sin trabajo de repente.
Cada día anochece más temprano.
Lo veía venir, pero no quise.
Ernesto me enseñó los resultados.
Al principio creí que era una broma.
¿Y nadie os avisó de lo del jueves?
En el centro del charco hay un misterio.
En verano viajamos hacia el norte.
Las croquetas estaban deliciosas.
Si por lo menos alguien se acordara…
Anuncian más tormentas para el lunes.
VERANO

 

 

Entran ingrávidos en el agua
y desgarran la realidad de lo reflejado
como una mano pequeña que corre una cortina.

Ya no queda superficie, y todo flota o juega.

Me llega la risa del niño
como si le hubieran quitado el tapón a mi infancia.
Lo que no se puede recuperar se recupera de pronto.

Me veo allá abajo, en el centro de la piscina, 
haciéndome el muerto,
en la orilla de la vida.

Me llega la voz de la madre, una canción limpia,
y un sabor a cloro, a desinfección, a sala de partos.
Si hubiera misterios en el mundo, éste sería uno de ellos.


Chapoteamos en el agua estancada y artificial.
Cerramos los ojos para sumergirnos 
y rescatar del fondo una vieja moneda.
ESTERAS DE MEDINACELI

 

 



He perdido mi vida en Esteras de Medinaceli.
Dichoso aquél que no sabe de qué hablo, 
aquél que no ha visto el estanque podrido de deseos,
una especie de chiste de la degradación, el cielo grasiento de papel de aluminio,
aquél que no ha esperado la nada, el sueño acumulado,
la oscuridad llena de excrementos, ladridos de perros,
frío y sueño y bolsas de patatas fritas.

He perdido mi vida en Esteras de Medinaceli,
como se pierden las cosas que se guardan de cualquier manera,
con la intención de rescatarlas del bolsillo,
pero terminan centrifugadas e ilegibles. Una entrada de cine,
un billete de autobús, el número de teléfono de un amigo,
dinero que ha pasado por millones de manos sucias, 
una realidad que se difumina cuando se lava,
o cuando no se lava.

He visto los ojos llenos de hambre, la transformación de mi país,
las tres de la mañana como una representación histérica de la penumbra.

He visto maletas atadas con una cuerda colosal, fuera del tiempo,
una soga con las que podríamos colgarnos todos
del cable de luz que atraviesa la noche como un lento relámpago de indiferencia.

He olido porros de hachís rancio liados con la cabeza agachada, redadas policiales,
pequeños hurtos, posibles reconciliaciones,
cajeras asomadas al altar del asco que se dan los pobres.

He escuchado las conversaciones del anhelo vacío: “Sí, estoy en Valencia”.
Y la compañera de asiento me miró y me guiñó un ojo,
y sentí la alegría palpitante de mentir y de estar muerto.

He tocado mi piel, mientras me miraba en el espejo sucio
de los servicios del restaurante y tienda de carretera,
en Esteras de Medinaceli, pausa, limbo, juicio, infierno,
y he querido llorar o desaparecer.

He pasado la lengua por la parte de atrás de las cosas,
y no sabían a nada, y la lengua sangra sus burbujas de lata de refesco.

Dichoso aquél que no sabe de qué hablo,
y desgraciado, 
porque el día en que los hombres y mujeres salgan de las estaciones subterráneas,
el día en que invadan las grandes superficies,
no sabrá de dónde caen todos los golpes,
como monedas que no tintinean en una fuente de agua verde,
deseos que se hunden con una lentitud helada
(debería haber un cartel que lo anunciase: el DJ no acepta peticiones,
no busques a Anita Ekberg de madrugada
en el charco de los deseos de Esteras de Medinaceli).

Dichoso aquél, o aquélla, que no sabe de qué hablo,
y desgraciados,
porque no sabrán quién abre las heridas como cremalleras,
quién lame el pus, quién toma las declaraciones,
quién estruja la piedra,
ni por qué.

 

AORTA [metamorfosis del arte de amar]

 

 

                                          Gutta cavat lapidem, non vi sed saepe cadendo, Ovidio


Del mismo modo en que,
terminada la tormenta,
persiste la lluvia bajo las cornisas
y entre los árboles
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