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Ángel Sobreviela, poeta

Ángel Sobreviela

poemas
LA BARCA DE TRISTÁN

 

Recordándote, Iseo, como una flor desnuda, 
me arrastro por la hierba de tu jardín cerrado 
como un impostor, como una serpiente.
O vago dando tumbos en la noche,
y la acera es más fría tras tu paso.
Camino por la calle que preñaste de niebla. 
Se disolvió tu mano como gris en lo negro. 
Sobre mis arrasados disfraces se derrama
luz congelada de antorchas, desde las farolas.
Este es un tiempo de luces fijas como piedras.

Contra la pared del garaje caigo de hinojos,
con sangre helada y hecha sólida en mi garganta.
Agonizan mis cielos lloviendo sus cenizas.
Me tiendo en la barca y tiemblo sumiso,
la corriente me arrastra y me devuelve hacia Irlanda.
Labios de espuma besan los escollos,
hueste de roca acoge a su enemigo.
La señora de la oscura ribera
me va a clavar, a besos, sobre el seno
desnudo de las noches siempre idénticas.
Los lamentos sin ojos nadan entre la espuma,
y no quiero seguir muriendo en compañía,
en la noche sin astros y sin yelmos:
ni en escenarios, ni en página escrita.

“¿Qué eres entonces tú, suspirador,
vasallo demencial que nos hastías 
con tu lamento innoble y mutilado?”

Un torpe mecanismo de reloj 
desmontado y de nuevo recompuesto, 
siempre con piezas que ruedan sobrantes, 
sin que alcance a saber dónde encajarlas.

(De un libro inédito)
IV
 



      Dos años. Dos años de nada.


      Dos senos alabastrinos florecen junto al río. ¿Quién hará crecer alas a mi espíritu? 
Más allá de toda flaqueza, más allá de toda tierra, hacia el cielo de la fragilidad.

      El sudario verde de la penumbra sobre la ciudad, rasgado con lentitud por la caricia 
del alba. La fascinación de todos los días. La fascinación de ver nacer la luz cada día
tras la ventana extranjera. El calor emocionante del cuarto, corazón que comienza 
a palpitar. Abiertas las ventanas. El aire niño, con su risa fresca agitando banderas, 
sacude sus rizos bañados en el perfume del primer día de la Creación. La luz acude 
de nuevo a posarse en las frentes atormentadas de los atlantes del palazzo. La vida 
comienza hoy y en Roma.

      Voy en tu búsqueda, mi Eurídice. Abandono el lecho, salado de lágrimas de plenitud. 
Recorreré las calles y plazas de mi ciudad. El dédalo de la mañana me aguarda. Te llamaré, 
tu nombre gritaré por palacios y ruinas, junto a fuentes, junto a sucias esquinas meadas. 
Buscaré tu corazón ahogado en las ondas del Tíber.
      ¡Oh sur de mis sures! Las sombras de la ciudad, cada uno de sus ángulos,
oscuros en la mañana, rugen en tu honor.
      El poeta, con el torso desnudo, se apoya en la ventana.

      ¿De qué se ríe Medusa? Con sangre en la boca y rosas derretidas en las manos, danza 
sobre el sol aplastado contra el suelo de la piazza.

      Se ríe de mis pesadas manos de piedra, ríe del camino del sol hacia su lecho 
de espuma rosácea. Mientras aguarda la noche para peinar sus serpientes con dedos 
de esqueleto.
 

De Roma, poema en prosa.
V

 

 

      Aquí, en lo más profundo de la vida, una rabia desorientada quisiera transformarse 
en amor; unas alas abiertas en lo más negro y cerrado, amor a mí mismo, a la memoria 
transfigurada, a la llama del recuerdo en la que venís, amados, a prender vuestros cirios.
      Una luz que se multiplica como una música que crece. Una esperanza que se columpia 
entre mi poema y la vida.


      Levanto  la vista y compruebo  que del mundo sólo  he venido  a buscar esta imagen:
las olas pálidas que vienen y vienen bajo el cielo frío.



      Por allá a lo hondo se fueron los héroes.



      Las olas jugaron un momento con las negras cabezas de mis parientes, y luego sólo espuma 
y la sombra de los pájaros.



      El instante en que de la orilla se retira la espuma. Manos que no se pueden estrechar. 
Había que aprender el dolor de las canciones, debían grabarse a fuego en el ánimo y ser 
a la vez blasón e infamia.
      El murmullo del mar aúna todas las ausencias. Arena como cenizas. Gaviotas
como crucificados.
      Antaño alimenté serias esperanzas. Creí vislumbrar la verdad en un fortissimo de
la orquesta del viento, y bajo yelmos plutarquianos mis amigos desfilaban.
      Aprendería los caminos que atraviesan los desiertos. A los héroes allí abajo
mostraría mis heridas.



      Navegar es necesario. ¡Oh estrella, estrella fija!, mañana el día será sin nubes. 
      Quizás nos aguarden aquéllos de los que nos hablaron: los hermanos mayores,las manos que 
enseñaron a tallar liras y barcos, runas y cabezas barbadas, el arabesco del buen augurio.
      ¡Oh estrella, mi estrella!, bendice el verso último cuando arda el mar. Amaina el
más cruel de los mares. Cuando pienso en cien jóvenes cayendo lentamente hasta la arena 
del fondo, mar  y cielo  me parecen dos grises piedras inamovibles sobre sus huesos mojados.



      Oh stella maris, el día mañana será sin nubes.



      Viste a aquéllos, los orfebres de las metáforas, caer como tantos otros después 
sobre la palma abierta de la vasta mano del mar.
      Monstruo que los atesoras, que con sus galones y vértebras ornas tus profundas estancias,  
transforma  sus  calaveras en  secreta  y extraña  belleza,  haz de  sus  voces
perdidas acordes de tu sinfonía de olas.



      Un grito de pájaro da inicio a la lluvia. Y yo, que hice de mí un ídolo movido 
por espasmos musicales, desde mi patria deshabitada, vacía de voces, pienso en todo 
lo que florece y se colorea en los prados extranjeros, la vida que se apresura.
      Yo aún espero ver llegar el último verso de mi parentela, las maderas con las que
ornaran una playa remota, una moneda en la barriga de un pez, una fíbula en el pico 
de un pájaro, un tributo a la amenazada juventud.



De Epístola desde Cimeria
XIV

 

 

(…)

          Y el Imperio quedó para nosotros, 
          como una llama sobre cada frente.

(…)

          Las llamas prendidas en el mismo cirio, creciendo como ramas del más humilde 
árbol, el aprendizaje que un vivo transmite a un muerto, es Imperio.



          El caminar de un solo peregrino, su trayectoria lenta, su doliente mirada 
hacia la meta del día, o hacia atrás, hacia el hogar donde un día entró a habitar la 
inquietud sagrada; el camino de dos muchachos abrazados, que a veces corren, o se detienen 
a dialogar atropelladamente y crecer el uno dentro del otro... Serán mañana el afán de las 
manos sobre los sillares y los bronces, la procesión de una generación de herederos.
          Al fin del mundo habrás venido a recoger esta melodía que fecundará tu discurso
sinfónico. Esa tímida voz está bajo una brizna de hierba, o en el burbujeo de onda que 
refluye bajo el milenario puente romano.
          El momento de iluminación, de manos que se estrechan por encima de un embravecido 
torrente de páginas, cuando un muerto parece sentarse a nuestro lado y su dedo posarse sobre 
una línea; ese parpadeo de esperanza en un pequeño cuarto perdido en una ciudad que se cae a 
trozos, que redime los despojos de una marea del Tiempo yel abandono del insuficiente amor... 
es padre de siglos.



          Ahora, un azul de blasón surcado de murmullos inarticulados, en las cambiantes rachas 
de los vientos de alto vuelo. Día esclareciendo las diurnas miradas a lo alto, a lo amplio, 
confirmando nuestra llegada. Materia dócil, cobrando formas. Un ondear de cruces blancas. Un 
único par de grises alas revolotea un instante, y la bandada de palomas, siguiéndolas, se 
desprende del suelo de la plaza. Un cielo florecido de campanadas y cruces blancas. 
          También para nosotros hay una fuente en el desierto. 
          Esta ciudad aún cobija un corazón. 
          De luz, piedras y alas.
Queda el consuelo de erguirse en el corazón invulnerable de una ciudad que avanza sobre los 
altos caminos estelares. Y las manos de los soles impulsan su girar, y el adagio inaccesible 
empuja sus velas que son torres y bronces sonoros.
          Inviolado canto de líneas en el aire.
          Aún se descuelga del cielo mi llamada de estrella. Perdura el vacío del ayer entre 
dos manos, y la inconsolable carga y serenidad de saberse emblema viviente de la belleza.



De Epístola desde Cimeria ,(pp 63 - 65)
XVIII

 

 

        Como un único nombre de mártir que colma una memoria, el fulgor de nuestra ofrenda
se extiende por el recinto. Se engrandece la potencia de su lumbre, semejando una mañana 
que se elevara sobre este mundo cerrado, delimitado por la fecunda contención de la forma.
        Como la tumba resplandeciente que se colmase (crátera que rebosa), hasta desbordarse 
por las aberturas de los muros. Se inicia la Ascensión, con el despertar de los pájaros, 
redimiendo las ofrendas olvidadas, y el templo resuena como si todo él fuera bronce que 
despierta.
        “Sus ojos me miran como vitrales” dijo el río.
        Sus vitrales como ojos, pero devolviendo su color hacia las calles renacidas,
consumando la liturgia de cristal. Pues el día nace dentro de esos muros, se eleva desde el 
abismo de los pájaros, cediendo a las calles los colores de la ciudad celeste. Y las cruces 
de los sepulcros se erizan como lanzas ávidas, se elevan como los arcos de la orquesta, cabecean 
como los mástiles agitados. Et exspecto resurrectionem mortuorum.
        Una llama y un anillo de nombres girando sobre cada frente.



        Pero existe un templo mayor del que éste sólo es reflejo. Y no es fruto radiante, 
brotado y pendiente de las ramificaciones del espíritu en visión extática. Ni fortaleza que 
desciende sobre una nube, coloreada de vitrales y atronadora de trombones. Sino labor de 
hombres y de hijos  de hombres, de roca y tierra, madera y hierro, labor de estaciones 
idénticas y de  nietos de hombres. Y del discurso de ríos, incesante. 
        Se eleva el sol, como imperiosa columna, tras el tenue velo de niebla que es la 
nube de incienso de su mañana invernal. Y con ágil torsión arroja el airoso arco hacia 
el próximo capitel constelado. Y se prolonga así, a lo lejos, la columnata del Tiempo sobre 
esta tierra. Elevando y afirmando, en su devenir inmemorial, una bóveda sostenida por el 
impulso de esta tierra. Impulso cada vez más fuerte, nutrido con ricos despojos y corazones 
con raíces de acero. Templo hecho de centurias, grávidas de una melodía sin fin; 
variaciones interminables extendiéndose en círculos concéntricos desde remotas intenciones.
Un recinto habitado por un anhelo más doliente que la voz de la tierra, una oración más 
vibrante que la que resuena con voz de metales en las vidrieras.
        Vosotros no visteis su primer impulso, sus primeras piedras (palpitantes, como 
donadas por lo alto) cuando el mundo era joven, ni veréis la construcción concluida.



        Pero sólo esto podéis edificar: un sacro hogar para este destino.
(…)

De Epístola desde Cimeria
XXVII

 

 

(…)
        Si recordamos algo, esto nos confirma que seguimos siendo nosotros. Si, juntos, 
seguimos siendo nosotros, la Tierra no nos olvida.
        Sólo aquí, en lo más profundo de la vida, habrá podido aflorar esta conciencia. 
Sólo aquí, este reconocimiento. Cuando ya nos hemos alzado por encima del discurrir
de los días, cuando no fluimos con ellos sino que fluyen en torno nuestro, mientras 
permanecemos inmóviles como la proa de sillares.
        La soledad es la perfecta inmovilidad, la visión de un nuevo rostro para la 
faz del mundo. El desterrado descubre nuevo ritmo en el pálpito de su jardín, orden 
nuevo de tiempo y labores en el claustro. Tumulto de los hombres clarificado en 
pentagrama. Los años fluyendo entre las páginas como el viento entre los dedos de la 
mano abierta.
        Vivientes cantos toman forma y carne mortal en gestos y decisiones. La señal 
está dada, para la restaurada adhesión. Un rasgueo metálico de cuerda en los umbrales
sonoros. Renovado vínculo entre el poema y la vida.

(…)

Epístola desde Cimeria (p.130)
XXVIII
 

 

(…)

        Entre los gavilanes de la espada, la estrella fija condensará su fulgor de
llamada y con vosotros quedará, entre vosotros actuará, con la generosa y secreta
eficacia del Canto. Eminencia sobre los ríos desbordados. Su amoroso sacrificio es la
oculta acción de lágrimas de roca en una caverna: fundando la columna, comenzando por
el capitel.Existe una Causa, una construcción grata a las alturas y al monarca. Y que
es intercesión y rescate para los mortales:

        La Poesía, la que atará lo que hoy se halla disperso.
        Cuius regni non erit finis.

        El don y el retorno en nudo inmaterial, reflejado en cada espíritu que emprenda 
la tarea, la Única. Spes Unica. Porque sólo esto es cultura.

        El juramento del caballero que desea partir y ponerse a prueba, deja desierto el 
salón del rey. Porque es la palabra asumida por todos sus hermanos de armas. El árbol, 
que libra frutas y hojas a la hierba y al viento, sabe que volverán a habitarlo.
        Así también, cuando yo decida, decidiré por todos.

        Una partitura, estructura amplia, rectangular... habitada por sonidos e imágenes 
domados, aflorando y sumiéndose en la superficie irreal que es casi una dorada atmósfera 
de icono. 
        Pero no predominan aquí las artes plásticas, manchas de vivos colores y volúmenes 
definidos, sino el flamear de etéreos cortinajes boreales: fuego blanco y música. La mano 
del guía no conduce a otras manos hacia el tacto medidor, que juzga y se adueña. No hay 
presencias palpables, sino la tarde colmada de presagios... señales en las galerías del 
bosque y entre los muros palaciegos...

        Cabelleras de luz. Melenas de agua.
        No hay divinidad en cuerpo de mármol:
        seguid al ciervo blanco en su carrera.

        Ha crecido como de la tierra. Moviéndose en lenta danza. Dueño de sí mismo, 
haciendo proliferar así sus líneas, unas partes engendrando a otras. Las hojas como 
verdes llamas.
        Pero sagaz impulso ha sabido torcer aquí una rama, allí un arbotante. Cediendo
piadosamente un lugar a la vecina hoja, agrupándose las formas o disgregándose radialmente. 
Abriéndose paso hacia la mañana de los hombres. Interno dueño orienta la forma, sabedora de 
pronto de su destino. Pues a este lado del espíritu no hay oposición entre lo construido y 
lo crecido. 
        Partiendo de la dura tabla, donde se hincan las rodillas ante el confesonario, 
hasta la clave de bóveda. Desde la íntima efusión hasta las estrellas. Lento crescendo 
de paso tardo, grave, elevándose hasta la corona del árbol sonoro. Habrá amplios 
panoramas, edificaciones, e imágenes tan nítidas y minuciosas como una sola hoja del 
árbol dibujada pacientemente. Pero también siluetas de vagos contornos y ecos de ignoto 
origen, rúnicas inscripciones que pudieran pasar por conjuros, y cabezas barbadas que os 
arrojan una mirada al cruzar ante vuestra vista. Un oráculo tallado en madera, como las 
runas de la buena travesía talladas en la borda.
        Los días no gotean como dorados frutos cayendo en su cesta. Los presentes 
eternos, sucediéndose redondos y plenos, son sustituidos por esta única esfera de 
renuncia y plenitud. Porque un solo sorbo sacia de este cáliz.
        Un presentimiento se cierne como una bóveda: el de una más alta presencia que
se agazapa al acecho en otro nivel de intensidad, incubando la semilla del nuevo reino. 
Por tanto las frases son largas, serpentean como arroyos en busca de su amado, se 
prolongan en eco dolorido y resonancia de arcos apuntados en fuga, al encuentro de lo 
invisible que llama desde la sonoridad del horizonte.
Siempre insatisfechas se arremolinan esas palabras, preparándose para el nuevo asalto 
del gran esfuerzo, siempre por debajo del elevado circuito del astro. La flecha extenuada 
cae entre vosotros, se clava en vuestro suelo y vibra como tensa cuerda musical.

        Ecce epistola.

        Una figura esbelta humilló la elevada gracia de su silueta, inclinada hacia 
las ondas. Al incorporarse, entre sus manos sostenía una esfera de agua. Y así caminó
en el aire inmóvil, sin pose, sin saberse contemplada. Cada mañana el agua fría se curvaba 
entre sus manos como un fruto. El milagro era gesto cotidiano y servicio a noble señor. Avanzó 
con paso de súbdito nobilísimo, encaminándose hacia severa corte, al más encumbrado dominio de 
nuestro más íntimo sueño. Entre las largas manos que parecían alas medio desplegadas, el agua 
aportada por cada día, con la luz de su mañana propia, a sí misma se sostenía.

        Cuanto yo cargue conmigo, vosotros lo habréis de asumir. Lo que yo padezca, mañana 
lo padeceréis.

        La verdad no está en un solo poema, sino en muchos poemas. La verdad de un poema 
es transitoria. Al menos puede serlo así para el mismo autor, y aún más para el lector. 
Aunque las palabras, encerradas entre las cosidas páginas, permanecerán sin claudicar, 
veraces. Siempre tendrán razón, prisioneras de su propio orden encantado.

        El canto está buscando sus palabras:
        líneas de pentagrama ondeando en los senderos del viento.
        Con impulso resuelto, más allá de la alegría, arrojo mi puñado de palabras:
prendidas quedan allí, como incrustada joyería de rocío (quizás tan efímeras).
Pero una pesca más vasta es lo que está buscando esa red. Sobre la profundidad
se cierne, inquisitiva, en el reverso del día. Quizás alguien multiplique los peces de 
plateada loriga y haga bullir las aguas con vida no aferrada. El paraíso de todo lo posible. 
Más vastos campos se extienden, ondeando como el mar y las banderas dolientes:

        La cosecha de negras espigas de la partitura. 
        La Voz presente en las voces,
        grito del águila en el sexto cielo.

        Desde lo más profundo de la vida, surge este aleteo de papeles. No es esta 
epístola tan sólo una llamada: es a la vez respuesta a otra señal que ya ha sido dada. 
Presentida fue aquí, como nueva estación en el aire. Decidme si he tomado a una luciérnaga 
por lumbre de cercano refugio entre los árboles. Decidme si he soñado semejante ventura.
 

De Epístola desde Cimeria (pp. 131-135)

XXX

 

 

(…)

        Bajo  mano  inmaterial,  tendida  sobre  la  distancia,  percibo  el  pálpito de  
un corazón extraño. Como si dos corazones se albergaran en mi interior. ¡Voy hacia vosotros! 
Permaneciendo inmóvil, salgo a vuestro encuentro.

Vide cor meum.

        Encadenado a estas Islas con el alma y la carne mortal, por raíces que se afianzaron 
por mi propia voluntad, una parte de mi espíritu alcanzará con alas de pergamino vuestros 
prados, que no conservan huella alguna de mi paso. Para ser reconocido una vez más por miradas 
humanas, y hacer revivir voces amigas cercanas a mi oído. Los intercesores del buen consejo.
        Para sentir la tibieza de las manos que sostengan el volumen. O lograr que las páginas 
se tiñan, como bajo un vitral, por el azul de ojos antaño casi amados.
        Para llegar a vosotros me expongo a la intemperie. Un ala frágil que se aventura
en la ventisca.



        Llegará un día, a partir del cual, esto será posible: que el desconocido con el que os 
crucéis por la calle, quizás lleve en su interior el reino invisible.



        ¿Se afanará siempre el corazón solitario detrás de sus propios ecos?
        ¿Será la derrota el único rescate del honor?
        ¿Se prolongará este tiempo de prueba hasta que la pureza de intención sea el
        único viento para las velas?
        ¿Es de esta guisa, derrotado y casi de incógnito, como debo retornar a mis
        dominios?
        Para llegar hasta la Blanca Flor de un rostro, sobre lejanas almenas, ¿habré de
arriesgar todo un linaje en más campañas y contiendas?
        Pregunto... y mis preguntas suenan como afirmaciones: se afanará siempre el
corazón, prendado de sí mismo. Será la derrota el rescate. Para llegar hasta el vaho invernal 
de una boca, se aventurará frágil ala en la ventisca. Se prolongará la prueba, mientras sean 
cirios y no antorchas lo que aferren nuestros puños.



        Pienso que moriré de tristeza a los treinta y nueve años.



        Imperceptible, como crece el jardín en medio del claustro, crece quizás en torno mío 
una incomprensible esperanza. Así, perdido, el brote de una rama primera tantea y se extiende. 
Como, ya a la orilla misma del sepulcro, una mano resucitada. Amén.

De Epístola desde Cimeria (pp.147-148, final del libro)
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