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Adrián Flor, poeta

Adrián Flor

poemas

Nido de gusanos 


Dejadles. 
Ya vienen. Ya crecen dentro de mí. 
Ha llegado la hora de 
pagar mis deudas: 
todo amor dado, 
todo amor recibido. 
No os preocupéis. 
Abridles. 
Abridles ya las puertas. 
Dejadles 
que devoren mi templo, 
que arrasen con este pecho de limo, 
con este vientre de fango. 
Dejadles 
a los seres vermiformes 
que sean la plaga que anegue mi cuerpo. 
Dadle al insecto 
Lo que es del insecto. 
Dejadles, 
ya es tarde, 
Sabía desde el principio 
el precio de nuestro pacto. 
No os preocupéis. 
Ya vienen. Ya crecen dentro de mí. 
Ahora mi cabeza es: 
liquen y musgo; 
Mi corazón, 
el corazón de hombres y mujeres 
que quisieron gobernar 
todo aquello indomable, 
es un nido de gusanos.

(Publicado en Gusanos, antología, 
La herradura oxidada. Colección Los náufragos del Potemkin)
Acto final 


¡Adelante, adelante! 
Aquí todos tenemos cabida. 

Perdedores y cómplices 
del menor espectáculo del mundo, 
cojan asiento, 
un buen asiento. 

Suena a grandioso final, 
acto de cierre 
o comienzo de algo. 
Dejen sus preocupaciones 
fuera de la farsa. 

Ha quemado con su giro 
casi todas las etapas. 
Quedan atrás 
plata, bronce y hierro. 
Arden a lo lejos 
los bosques, los pilares, 
el centro. 
Pronto arderán los libros, 
pronto arderán los datos; 
cuando la gran marea 
desmorone todo en todas partes. 

Ya sólo queda imaginar 
qué será lo próximo que arda, 
qué etapa quemará el mundo con su giro; 
guardar silencio y brindar 
por todo lo olvidado.
XV


Si alguna vez susurras un nombre,
sin sonrisa que te responda;
Si alguna vez flaqueas y caes,
sin mano que te levante;
Si alguna vez las palabras necias
superan a los oídos sordos,
o la pena llama a tu puerta
sin un hombro amigo en que apoyarse;
Si alguna vez una fotografía
no te devuelve aquel momento;
o piensas que tiempos pasados fueron mejores
que los senderos son marañas que se bifurcan.

Si alguna vez alcanzas ese horizonte y clamas
-¿Por qué no duró más?- sobre tus rodillas;
aquí tienes una sonrisa que te responda,
una mano que te levante;
Yo ahuyentaré las palabras necias,
alejaré la pena de tu puerta.
En mí hallarás un hombro amigo.
Vuelve la vista al pasado,
no hay nada que se repita en la Tierra.
Así ha de ser:
Único y perfecto en la brevedad del recuerdo.

(De Autobusario, Comuniter)
IV

Hay animales que son indomables. 
Como el mar, 
no hay copa que lo contenga; 
Como la raíz, 
nada se opone a su paso; 
Como las bestias, 
sólo puedes amarlas libres 
o acabarán contigo. 
Nadie me enseñó esto 
y ahora soy un ave del ala herida. 
Cualquier día me pondrán en una jaula.

(Publicado en Compañero de viaje, Náufragos del Potemkin)
VI

Una parte de mí aún sueña 
que todo ha sido un ensayo, 
que en la hora más oscura, 
aparecerá el director de escena 
corrigiendo a los actores: 
Tú, yo, nosotros 
nos maquillaremos las heridas, 
nos taparemos boca y ojos. 
Me darás la entrada 
y vuelta a empezar, 
esta vez sin errores. No hay tal cosa en la vida 
como ser luz y sombra 
como mantener la farsa funcionando. 

(De Compañero de viaje)
XII

Tengo veinticinco años 
y carezco de sentido. 
Sin embargo, comprender esto 
permite dotar a la vida de narrativa, 
a la vida de forma y fondo; 
rodearnos de metáforas y símbolos: 
Como que las estrellas 
brillan sobre nosotros, 
sobre tu cabeza y la mía, 
como que no son una imagen, 
como que no son un recuerdo de lo que alguna vez fueron, hace millones de años; 
como que susurrarnos al oído 
esta nana reconfortante 
nos permite soñar despiertos 
hasta cerrar los ojos. 
Tengo veinticinco años 
y he comprendido que todo significado 
tiene algo de ingenuo, 
algo de ficción.

(De Compañero de viaje)
IX


Grito en el salón
nadie respondía

Salgo a la calle
el cielo dibuja nubes

Froto el teléfono
como si fuera mágico
¿Dónde estás?

(De Autobusario)
El mar se tragó una porción de tierra 


Aquella noche que el mar 
se tragó una porción de tierra, 
la sombra del reo 
se balanceaba enrejada 
con su ropa. 
Ni las drogas, ni la enfermedad 
sirvieron de diccionarios 
cuando el teléfono 
interrumpió el silencio con su desenlace: Quien recorre el yermo, 
su recompensa – su castigo – es el polvo. 
Los descendientes de la Tierra 
enmudecieron. 
Los ojos de las madres y hermanas doblaron 
aquella noche que el mar 
se tragó una porción de tierra. 
No hubo que preguntar por quién. 
La mañana se cubrió con manto oscuro; 
las mujeres sus rostros con las manos 
para soportar el dolor de la entraña y la sangre. 
Madre gastó sus palabras suaves 
en un ramo de flores, 
y la séptima parte de su alma destrozada. 
Incluso yo, que creía ser una isla, 
completo en mí mismo, 
sentí crecer la marea, resquebrajarse el continente. 
Ahora soy un archipiélago 
en el piélago de mi madre: 
Trémulo y ceniciento 
desde aquella noche que el mar 
se tragó una porción de tierra. 
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